febrero 18, 2012

Ante un sueño perdido

De un momento a otro pude mirarme como si mirara a través de otra persona, como si mi alma hubiese brotado de mi cuerpo y mi mente vagara solitaria, flotando silenciosa junto a mí ser.
Estaba allí, recostado sobre mi cama, sin moverme y apenas respirando, observando hipnotizado la mediana ventana, concentrado en lo que afuera se encontraba, perdido, como si en ese instante estuviese muriendo.
―¿Es un sueño? ―me pregunté sin poder responderme, en verdad no quise responderme.
Me acerqué con cuidado, manteniendo en mí esa sensación extraña, ese miedo inexplicable que me envolvía queriendo apresarme. Un temblor  estremecía todo mi ser, diciéndome a gritos que algo malo y peligroso estaba sucediendo.
―¿Es un sueño? ―volví a preguntarme y en esta ocasión parecía tener la respuesta en mis manos, aunque realmente la rechazaba, no quería aceptarla.
Intenté dar un nuevo paso, deseando acercarme más a mi rostro, llevando mi corazón a latidos innumerables, principalmente porque en mis pensamientos tenía la seguridad de que lo que estaba sucediendo no era solamente un sueño. Era algo mucho más enigmático y escalofriante, una situación que me enfrentaba entre lo real y lo irreal, entre el silencio, la muerte y la oscuridad.
De repente no pude moverme, estaba casi frente a mí mismo, respirando sobre mi piel, detallando cada forma de mi cuerpo, el perfil de mi rostro y la figura entera de mí ser. Quise levantar mi mano, quise dar un nuevo paso pero mis extremidades no respondieron. En ese momento ya no temblaba, ya no sentía los latidos en mi pecho e incluso ya no notaba el aire que se desprendía desde mi nariz. Por un instante todo quedó en silencio, todas las cosas habían perdido sus sonidos, incluso el aire era mudo, hasta mis pensamientos habían perdido su voz.
Sin embargo, cuando junto al tiempo todo se mantuvo inmóvil, vi como mis ojos voltearon a mirarme. Yo estaba ahí pero también estaba aquí y mi mirada se encontraba consigo misma, creando un instante que jamás en mi vida había podido imaginar. No reaccioné, bueno si lo hice, cuando seguía mirándome pude sentir con lentitud como mi corazón volvía a funcionar, en tanto que una fría gota de sudor rasgaba mi piel mientras que se escurría por mi rostro. No obstante, lo más extraño no fue eso, lo más extraño fue que antes me veía sobre mi cama y ahora también me veía junto a mi cama, aunque no era yo realmente, no era el yo que ahora vivía, era la imagen que me representaba algunos años atrás, cuando aún me consideraba un niño.
Un escalofrío inexplicable atravesó mi alma. ¿Cómo podría entender que el niño que antes yo era estaba parado a mí lado, casi sin moverse, casi sin poder respirar? Intenté y deseé hablarle, pero mi voz se había esfumado, mi garganta no era capaz de pronunciar ni la palabra más sencilla y aunque mi mente explotaba en medio de estridentes gritos, mi voz seguía muda, seguía muerta.
Sintiéndome frustrado por no poder hablar, quise entonces levantarme pero mi cuerpo no me obedeció, sentí un terrible peso sobre mi pecho, era como si hubiese sido encadenado a mi cama, ni aun mis pies, ni aun mis manos podía mover, sobre lo único que tenía control era sobre el movimiento de mis ojos, los cuales por un segundo quedaron estáticos, sintiendo el tacto de su propio tacto, mirando fijamente a los ojos del niño que estaba a mi lado.
―¿Es un sueño? ―me pregunté confundido, teniendo la sensación de que antes ya lo había hecho. 
Giré mis ojos observando todo lo que me rodeaba, sin poder descuidar al pequeño que estaba inmóvil a mi lado. Las cosas que se encontraban en mi cuarto se veían diferentes, tanto así que por un segundo pensé que no era mi cuarto, pero sí lo era, solo que algo bajo mi perspectiva había cambiado. Las sombras eran más oscuras, más frías y tétricas, los muros parecían enormes y casi interminables, y las demás cosas se movían con furia y violencia, azotadas sin piedad por la brisa de la madrugada. No obstante, la fuerte brisa cesó de forma repentina y todo quedó en calma y en afonía, nada volvió a moverse, incluso mis ojos quedaron inmóviles. De nuevo sentía como yo mismo me observaba, era como si mis pensamientos se enlazaran con sus pensamientos y nuestras mentes se hicieran una, realmente eran una, aunque un límite de tiempo las separaba.
Creía que él sentía lo mismo que yo, que experimentaba lo mismo que yo y por esa razón estaba seguro que ambos compartíamos ese temor sofocante, ese miedo que parecía envolver mi cuello y querer ahogarme.
Estando allí, en ese transcurso de lentos minutos, me vi tentado a voltear mi rostro, a volver a la posición que en un principio estaba, pero mi conciencia me gritaba que no lo hiciera, me advertía que no debía hacerlo y aún así quise mirar y me esforcé, venciendo el temor, la duda y todo lo que me impedía moverme. Lleve mí mirada hasta la ventana, contemplando lo que afuera de la casa se encontraba, apreciando para mi confusión y sorpresa a un niño mucho más pequeño que alegre jugueteaba entre los jardines.
La oscuridad me cegó durante un largo momento, después mis ojos volvieron a ser útiles y las cosas que ellos percibían se aclararon frente a mí. Sin embargo nada sucedió como yo lo esperaba. Luego de esa penumbra que me había envuelto, me encontré afuera de mi casa, entre sus jardines, con la respiración agitada como si hubiese estado corriendo o jugueteando por un largo tiempo. Me detuve sorprendido y todo tembló a mí alrededor. Un sismo destructor intentaba arrasar con todo lo existente. Todo esto era estúpido e imposible, pero aún así tiritaba de miedo ante la decisión de voltear mi rostro y mirar hacia la ventana de mi cuarto. Queriendo escapar de ese pensamiento tentador que me carcomía, el cual prácticamente me estaba obligando a girar mis ojos y enfrentar mí destino, levanté mis manos a la altura de mi rostro y las contemplé con detalle, entendiendo que no eran mis manos, comprendiendo que eran más pequeñas, más débiles e inocentes.
Cansado de esa situación me armé de valor, jamás antes había decidido ser tan valiente y giré mi cuerpo, para luego desear nunca haberlo hecho. Me encontré allí, afuera de la casa mirándome a la distancia, viéndome sobre mi cama y al mismo tiempo viéndome junto a ella.
―¿Cómo puedo estar en tres sitios a la vez? ―pregunté tres veces, al mismo instante y en distintos lugares, en tanto que lo real se convertía en una mentira y esa mentira se adueñaba de toda lógica.
Suspiré al mismo tiempo y mi respiración se desvaneció de forma colectiva frente a cada uno de mis tres rostros, entonces algo en mi interior pudo hacerme entender lo que acontecía. Me veía en tres lugares, me sentía en tres lugares, pero mi alma seguía siendo una. Así, la noche se abalanzó sobre mí, pero no era simplemente la noche, era la muerte que se burlaba con crueldad frente a mi cara.
Con esto comprendí todas las cosas, el qué y el porqué de lo que estaba viviendo. Con calma cerré y volví a abrir mis ojos y miré al inocente niño que estaba afuera entre los jardines. El universo pareció quebrarse y la nada devoró la existencia. Algo rasgó mi alma como a la tela más vieja y desgastada, atravesó mi espíritu y se robó toda mi fortaleza y por un instante, en tanto que todo parecía perder su vida, sufrí el dolor más terrible e insoportable y aunque quise no pude demostrar mi sufrimiento. Luego de esto, los gritos de mi ser fueron liberados y el llanto de mi alma se dibujó en una diminuta y cristalina lágrima, la cual descendió en cada uno de mis tres rostros, tomándose una eternidad para hacerlo, dejando tras su camino las huellas de mi pasado, casi desgastándose por completo, antes de suicidarse trágica pero silenciosa al mismo tiempo, reventándose y desapareciendo tras su choque contra el suelo.
Con calma volví a cerrar mis ojos, principalmente porque aquella lágrima se había llevado todo el dolor entre sus formas y lo había destruido, inmolándose para rescatarme. Levanté una vez más mis párpados, reflejando en mi pupila la silueta de aquel niño que en el principio de mi vida me representaba. Con sencillez le sonreí causando que él también me sonriera, pero cuando su delicada sonrisa terminaba de dibujarse en su rostro, la brisa le desvaneció como llevándose su esencia, así como el viento desvanece la suave y frágil neblina. 
En ese momento volví a estar solo, tan solo como nunca antes había estado y allí presencié como la muerte se atrevía a devorar mi espíritu indefenso. Al final comprendí todo lo que había sucedido y mientras mi cuerpo quedaba inerte, tendido sobre mi cama, en mi mente reconocía la fortuna que había experimentado. Había vivido el instante antes de la muerte, el momento luego de la vida y ahora lo recordaba sin tristeza ni remordimiento, sabiendo que toda mi vida había sido un simple sueño y ahora que había perdido la vida, el sueño también se había perdido.

febrero 07, 2012

La Caída del Templo Jedi (Parte 2)


El templo Jedi se había convertido en un cuadro de vivo horror. No había un lugar donde no hubiese cadáveres y aun así la lucha continuaba. Los clones corrían de lado a lado buscando cualquier sobreviviente, en tanto que de forma progresiva decenas de Jedi aparecían en pequeños grupos, intentando enfrentar a los soldados, buscando una forma de escapar a la masacre.
Eran pocos maestros que se habían quedado en la capital para proteger al templo y aunque era absurdo negar que el edificio ya había caído, todos tenían muy claro que no iban a rendirse. La razón por la que habían permanecido en Coruscant era para acompañar a los Padawans, por esto luchaban con todas sus fuerzas, para protegerles y aunque querían salvar a todos los pequeños, el acérrimo asalto de los clones se los hacía imposible.
Un grupo de aquellos ocho Padawan se escabullía con cautela pero con rapidez hacia la ya destrozada biblioteca. De entre los escombros y los estantes destruidos un escuadrón de clones vio al pequeño grupo de Jedi que intentaba escapar. El mayor de los aprendices les percibió, sin embargo pensó que podrían dejarles atrás, no obstante uno de los clones les disparó con una ametralladora rotatoria obligándoles a detenerse y a ocultarse entre los muros y las columnas que aún quedaban en pie. Los pequeños tenían miedo de ser atrapados, de morir como sus compañeros y amigos, en tanto que el joven líder se preocupaba por lograr que sobrevivieran.
No había tiempo de pensar, ni de dudar, el escuadrón de clones que les detenía apenas estaba conformado por cinco soldados, si se apresuraban podrían derrotarles antes que más clones llegaran. Con seguridad el aprendiz corrió desde la columna donde se ocultaba y dejó a sus compañeros un instante, acercándose a los clones para eliminarles. Pero, al tiempo en que el Jedi corría y saltaba sobre los soldados, esquivando con velocidad sus disparos, desde el segundo nivel de la biblioteca cayeron dos misiles sobre el lugar donde estaban los demás Padawan. El chico no supo reaccionar, solo blandió su sable con desesperación abatiendo a los clones, quedando inmóvil luego, observando cómo los pedazos de muro caían y el polvo se revolcaba en el lugar exacto donde habían dejado a los aprendices tan solo por un instante.
Un sonido hidráulico acompañó al movimiento de la puerta al abrirse y el señor de los Sith Darth Vader apareció ante la cámara del alto consejo. No habría un lugar en el templo donde algún Jedi pudiera esconderse, ninguno podía ocultarse del asalto de los clones y menos de la aguda mirada del Lord Sith. Aquellos niños, los más pequeños de todo el templo, habían sido escondidos en la sala del consejo por decisión del maestro Drallig y a su búsqueda ya se apresuraban otros dos aprendices. Sin embargo ya era muy tarde para rescatarles, habían sido encontrados por el traidor que había sembrado la ruina para toda la orden.
Uno de los niños le reconoció, el pequeño en su ingenuidad le siguió viendo como el maestro Skywalker, aquel sobre quien había escuchado tantas veces y le habló, creyendo que había venido a rescatarles. Pero Vader no escuchó su voz, el lado oscuro le dominaba, controlaba sus sentidos, sus pensamientos, lo único que tenía claro en su mente era la destrucción total de los Jedi, no importaba su edad, no importaba nada. De esta forma e ignorando lo que el pequeño había dicho, encendió su sable de luz y les asesinó, haciendo que ya no hubiera oportunidad para su redención, no después de haber arrebatado todas esas inocentes vidas.
Desde todos los lugares cercanos de la capital, se veía con claridad como el templo ardía y como se consumía entre el vasto humo y las repentinas explosiones. Ninguno lo comprendía, ni aún los políticos, para todos era una sorpresa, una catástrofe y la noticia que se difundía hacía que todo fuera más confuso. ¿Los Jedi habían intentado derrocar la república? Pero nadie buscaba más allá de lo que se presenciaba y eran muy pocos los que no olvidaban, aún ante el desconcierto que se vivía, todo lo que los Jedi habían hecho por la galaxia.
En medio de las naves estacionadas y los cargamentos que se usaban para la guerra, en el inmenso hangar del templo, un joven Jedi se movía en silencio, escondido tras la carcasa de una de las naves de asedio, mirando con cautela como los clones tenían bloqueadas y aseguradas todas las salidas de las plataformas.
El Padawan todavía era de joven edad y justo como le había pasado a todos los aprendices, sentía miedo, además, todas las muertes que había alcanzado a presenciar le mantenían trastornado, pero se había separado de todos y ya había avanzado demasiado para retroceder, solo podía pensar en escapar, ya fuese en alguna de las naves o hasta lanzándose desde alguna de las entradas. Lo único que no quería era ser asesinado como muchos ya habían sido.
En aquel momento, cuando decidía cual opción tomar, vio como una pequeña nave se acercaba y como un grupo de los soldados se apresuraba a cerrarle el paso. El pequeño Jedi no podía esperar alguna otra oportunidad, debía correr y llegar a aquella nave, pasando por encima de los clones y de quien la estuviera piloteando, no importaba quien fuera, en ese instante solo le importaba escapar, sobrevivir.
Un hombre bajó de la nave y los clones le detuvieron, y al segundo contiguo el joven Padawan corrió hacia aquella parte de la plataforma. Muchos clones le vieron atravesar el hangar, pero iba tan rápido que no pudieron reaccionar. La fuerza estaba con él, le sentía y creía con confianza que podría escapar. Estando frente a los soldados, saltó, golpeando a uno al hacerlo, encendiendo su sable al mismo tiempo y frente a la perpleja mirada del hombre que había bajado de la nave, eliminó a los primeros clones con agilidad, dejando sus cuerpos en el suelo con las profundas heridas que les calcinaban. Pero antes que el joven pudiera notarlo, desde el interior del hangar otros clones le dispararon. El Padawan intentó detenerles, pero los disparos eran muchos y pereció entre los soldados que antes había matado.
Bene y Malreaux eran los dos aprendices que el maestro Drallig había enviado a reunir a los Padawans sobrevivientes, tal y como este le había dicho a la maestra Shaak Ti. Los dos jóvenes habían intentado reunir pequeños grupos de niños y los habían escondido en distintos lugares del templo, para que los clones no pudieran encontrarlos a todos. Sin embargo, ya había pasado mucho tiempo desde el inicio del ataque y el propio templo mostraba a grandes voces no poder resistir más.
Bene quien era de mayor edad, sabía con dolor que era inútil pretender rescatar a todos los Padawan, los que aún no habían muerto y aunque el templo era un edificio inmenso, era toda una legión de clones la que seguía las ordenes de Vader. Con un poco de impotencia, los dos acordaron rescatar entonces a los aprendices más pequeños y sin perder tiempo corrieron por los pasillos destrozados, acercándose al lugar donde les habían ocultado.
Pero antes de poder avanzar lo suficiente, tuvieron que detenerse, quedando atónitos al ver como Vader venía desde la sala del consejo. Malreaux se descontroló tan solo al contemplar la idea de que todos los niños hubiesen sido asesinados y activó su sable sintiendo ira, queriendo abalanzarse sobre aquel traidor y homicida. Bene quiso detener a su compañero, aunque sentía indignación y sufrimiento, pero si bien lo intentó Malreaux no se dejó convencer y antes que él corriera para enfrentarse al Sith, ella encendió también su arma y le siguió sin dudarlo.
Los dos aprendices lucharon contra el antes conocido maestro Jedi, pero sus rangos eran muy distantes, al igual que sus habilidades y aunque los dos se esforzaban por detener la masacre y redimir las muertes de todos los Padawan, sus ataques eran inútiles, eran demasiado débiles. Vader solo detenía sus ataques, como jugando con ellos e incluso sujetó a Bene de su mano diestra, al tiempo que con su sable detenía los movimientos de Malreaux. Pero no había tiempo para juegos en medio de la venganza de los Sith y Vader lo comprendía muy bien, por lo que soltó a la chica haciéndola retroceder y sujetado su sable con ambas manos, rasgó el pecho del joven con violencia, para luego atravesarla a ella mientras aún retrocedía.
Los ha matado ―dijo Serra Keto abriendo sus ojos, estando sentada en el suelo de una de las recámaras de meditación junto a su maestro, en la parte más alta del templo.
Lo sé… También lo he sentido ―respondió Cin Drallig manteniendo sus párpados cerrados. 
Debemos detenerle ―aseguró Serra levantándose con prisa.
Aún no ―contestó tajante el maestro Drallig, siguiendo en su estado de meditación.
―¡Pero ha matado a todos en el templo!… No podemos solo esperar a que nos encuentre ―debatía Serra, pero Drallig no le contestaba.
Maestro… Debo detenerle ―volvió a decir su aprendiz y salió de la recámara, sin que su maestro dijera palabra alguna.
La hoja azul se mantenía encendida, palpando el polvo que se escurría entre todos los escombros. Darth Vader caminaba por el templo con algo de tranquilidad. La masacre estaba terminando, casi todos los Jedi ya habían sido asesinados.
El sonido de dos sables oscilando se propagaba con eco por todo el templo, mientras que el señor Sith se acercaba poco a poco, percibiendo sobre sí un gran deseo de venganza, un deseo que le provocaba. Tres cuerpos cayeron y dos cabezas rodaron y Vader se detuvo al observar como Serra Keto eliminaba sin dificultad a tres clones.
Serra Keto… ¿Dónde está Cin Drallig? ―preguntó Vader luego de que las cabezas dejaran de rodar.
Skywalker… Ya no mataras a más Jedi ―contestó Serra con seriedad.
La joven Jedi corrió y atacó a Vader con sus dos sables. Ella era más hábil que todos los Padawan que antes habían muerto, incluso ya era considera una entre los caballeros Jedi, sin embargo ante lo que ocurría nada del pasado importaba, solo importaba lo que pudiese demostrar al enfrentarse al Sith, solo valía que pudiese derrotarlo.
Ambos luchaban con destreza, moviendo sus cuerpos y sus sables con habilidad, aunque Serra parecía más veloz y sobresalía ante Vader saltando y atacándole también en el aire. Pero a pesar de ello el Sith no retrocedía ni se inmutaba, al contrario, luchaba de forma más acérrima para derrotar con rapidez a su oponente.
El duelo había iniciado en una sala de hologramas y al instante se había expandido a otro de los numerables pasillos, no había lugar que les contuviera ni que les estorbara, los dos peleaban solo para obtener la victoria, en tanto que sus sables zumbaban creando eco, rasgando todo lo que se les interpusiera.
En medio de su meditación, el maestro Drallig se vio interrumpido por un mal presentimiento. Había sentido el momento en que su aprendiz había corrido para atacar a Vader, pero ahora se sentía inseguro de que ella pudiera sobrevivir a ello y el dolor que le causaba pensar en su muerte le impedía concentrarse. El Jedi anciano se levantó sabiendo que debía haber esperado un poco más en la fuerza, pero el cariño que le tenía a su aprendiz era grande y no pudo evitar querer ayudarla.
Serra blandía sus dos sables verdes con determinación y en sus pensamientos creía con seguridad que iba a ganar, pero Vader tenía todo el lado oscuro de su lado y ella había desistido de esperar a que la fuerza le llenara, por lo que desde el punto de vista de la fuerza, el duelo ya estaba decidido.
La Jedi seguía con sus ataques y con sus rápidos movimientos, pero el Sith poco a poco empezaba a ganar terreno y de un instante a otro pudo hacerla retroceder. Llegando al final del pasillo, el cual terminaba en un espacio de adorno que le comunicaba con el nivel que estaba por debajo, Darth Vader decidió dejar de atacar a su oponente con su sable y usó el poder de la fuerza, lanzándola hacia un lado, estrellándola contra unas inmensas columnas. Serra se resintió por el golpe, pero antes de caer al suelo maniobró en el aire y saltó por el espacio que había, buscando caer en el nivel inferior.
En un segundo fugaz, mientras ella aún atravesaba el espacio que comunicaba ambos niveles, el Sith le lanzó las enormes columnas y le aplastó contra el mismo suelo donde ella pretendía caer.
Serra… ―dijo con tristeza Cin Drallig, llegando demasiado tarde.
Maestro Drallig… ¿Ha venido a morir junto a su aprendiz? ―le preguntó Vader, saltando a donde estaban el Jedi y el cadáver de Serra.
Ya no podrás arrepentirte por todo lo que has hecho… Skywalker ―respondió el Jedi dejando atrás su serenidad, encendiendo al tiempo su sable.
El maestro Jedi llegó frente al Sith con increíble velocidad y le atacó con fortaleza. Vader apenas pudo detener los primeros ataques y retrocedió sorprendido, pero el maestro Drallig no pretendía darle tregua y al ver que sus ataques fallaron, usó el poder de la fuerza y lanzó al Sith contra un enorme ventanal, sacándolo fuera del templo, hacia los pasillos exteriores.
Vader cayó con brusquedad, pero tuvo que rodar hacia un lado de inmediato, librándose del sable de Drallig que se enterraba en el suelo. Desde aquella parte externa y gracias a que la lluvia ya había acabado, se podía notar sin problema como el zigurat había cedido por completo, como el humo y el fuego ya le habían doblegado. Desde allí se podía entender que la masacre había terminado y que el templo había caído, y esto alcanzaba a afectar al Jedi.
Los sables volvieron a cruzarse, una y otra vez se enfrentaron, mientras que los dos hombres se movían por todo el corredor. El fin se acercaba, Vader solo sentía ira y odio, mientras que el Jedi sentía dolor y preocupación, porque para él era más importante el futuro de la orden, que el resultado de su duelo.
De entre todos los movimientos y todos los ataques, el maestro Jedi volvió a usar el poder de la fuerza y empujó al Sith arrojándolo a lo lejos, pero Vader esperaba algo como eso y al sentir el impacto en su cuerpo, lanzó su sable de luz haciéndolo girar en el aire. La hoja azul alcanzó a rozar el abdomen del Jedi y cayó luego hacia el otro extremo del pasillo. El Jedi miró con sorpresa la herida en su cuerpo y se desplomó al instante, en tanto que Vader se levantaba victorioso, atrayendo su sable hasta su mano.
El maestro Cin Drallig había muerto, justo como casi todos los Jedi que esa noche habían estado en el templo, como casi todos los Jedi que luchaban en todos los rincones de la galaxia y la venganza de los Sith no hacía más que iniciar. 

La Caída del Templo Jedi (Parte 1)


Este Fic está basado en lo poco que fue contado sobre la caída del templo Jedi (en la novela, las películas, los comics y los videojuegos).


Aquella noche podía sentirse un silencio inquietante, una carencia de sonidos que envolvía de confusión cualquier pensamiento, una pesada sensación que se movía con la brisa y saturaba el ambiente. El cielo se contraía en medio del momento que iniciaba. Las nubes colmadas de agua huían de sus semejantes, rechazando la idea de desparecer entre las formas de una lluvia torrencial, en tanto que la capital se bañaba de luces ignorando lo que realmente sucedía, adornándose con el resplandor de sus rascacielos, desconociendo la desgracia que estaba a punto de suceder.
Finalmente el lado oscuro había sido liberado y los Sith se levantaban ante toda la galaxia para dominarla. Mace Windu había caído y con el caía la razón y la lógica para todos los miembros de su orden. Los Sith no habían desaparecido, nunca lo habían hecho y ahora se revelaban con vehemencia demoniaca, para destruir a los Jedi con un solo movimiento, para errarlos de la existencia con un solo golpe, un golpe certero, tan infalible que no les permitiría reaccionar.
La fuerza llevaba a los maestros que se encontraban en el templo, una borrosa repetición de lo que había sucedido, pero la preocupación y la misma presencia del lado oscuro les impedía entender. La voz de la fuerza no era tan clara como antes y un miedo desconocido se asomaba en sus mentes, queriendo resquebrajar su voluntad, buscando herir la fortaleza de sus almas.
Afuera las gotas empezaban a caer de forma paulatina y entre la brisa que se respiraba, se alcanzaba a percibir un delirante olor a muerte, olor que venía desde las oficinas del supremo canciller y que se levantaba y se propagaba con la marcha de los miles de soldados, los cuales en unánime trote se dirigían a las puertas del templo, siguiendo la imponente figura del recién nombrado señor Sith, Darth Vader.
Entre una imperturbable calma y un místico silencio, la maestra Shaak Ti meditaba rodeada por las paredes de su habitación, inquiriendo una respuesta para todos los sentimientos negativos que desde afuera intentaban atormentarla. Buscaba la vida del maestro Windu en medio de las calles y los edificios de la capital. Buscaba asimismo algún vestigio de luz en el corazón del joven Skywalker. Sin embargo su búsqueda resultaba inútil, simplemente porque aquello que buscaba ya había dejado de existir.
Sobre uno de los pasillos exteriores del templo, arriba casi en lo más alto de la forma del zigurat, el maestro Cin Drallig contemplaba el resplandeciente espectáculo en que se convertía la noche de Coruscant, pero a pesar de estar frente a tanta belleza lumínica, los ojos del Jedi se veían tristes, se veían decaídos, algo en su interior abrumaba su espíritu. Un mal presentimiento que le torturaba como herida profunda y aunque la lluvia se tornaba rápida y violenta, nada parecía inmutar el dolor que hipnotizaba al experimentado maestro, nada parecía poder interrumpir el conflicto que en su mente se manifestaba. La oscuridad de la muerte se abalanzaba sobre su luz, queriendo destruir toda esperanza de entre su corazón.
No te detengas, no retrocedas ―decía la maestra Jocasta Nu a su aprendiz Jin-Lo Rayce.
Llevando en sus manos un mapa holográfico, el joven aprendiz salía de la biblioteca del templo siendo seguido por la mirada de su maestra, dirigiéndose a los caminos subterráneos de la estructura, convirtiéndose en un seguro para el futuro de la orden, siendo salvado por decisión de su maestra, quien le encomendaba con absoluta confianza el legado de los Jedi.
Con un brusco sonido las enormes puertas empezaron a moverse y la entrada principal del templo fue cerrándose a espaldas del maestro Jurokk, quien había tomado el puesto de vigía junto a cuatro de sus aprendices. El escudo de plasma se activó y la entrada quedó sellada, en tanto que los cinco Jedi veían como las gotas del torrencial aguacero se estrellaban contra la enorme fila de escaleras, esparciéndose trágicas y escandalosas, creando extrañamente un longánimo cantico, una voz que llegaba a los oídos de los Jedi queriendo apartarles de la inclemente realidad.
Pero el canto de las gotas suicidas se detuvo de forma abrupta, enmudeciendo ante la llegada del enorme escuadrón de clones, alterándose ante la cruel mirada del Lord Sith. Jurokk se adelantó dando unos cortos pasos, saliendo del mediano techo que adornaba la entrada, exponiendo su cuerpo a la brisa y a la lluvia que gobernaba la ya naciente madrugada. El maestro Jedi se confundía entre tantos pensamientos, mientras que veía al joven Skywalker avanzar por las escaleras, en tanto que apreciaba la inmensa formación de soldados que le seguían como si de sus guardaespaldas se tratara.
Algo malo había sucedido en los despachos del supremo canciller, eso todos los maestros lo sabían, no obstante las cosas seguían siendo confusas. La fuerza parecía haberles abandonado y en su lugar un miedo asfixiante parecía acompañarles. El maestro guardián de la entrada no lo comprendía, no entendía la razón de que Anakin volviera al templo junto a aquellos soldados, de que pareciera no conocerle aunque le reconociera. No entendía ese vacío en su mirada que hacía ahogar de frío su corazón.
Anakin ¿Dónde están los maestros? ¿Qué ha sucedido? ―preguntó Jurokk preocupado, deteniendo al Sith a unas cinco escaleras de distancia.
¿Dónde está Shaak Ti? ―la brisa movió la capucha que ocultaba el rostro de Darth Vader y Jurokk pudo mirar en sus labios la articulación de la pregunta.
Está meditando… Ha pedido no ser molestada ―contestó el guardián del templo, pero el Sith fingió no escucharle, llevando sus ojos sobre la enorme puerta sellada.
Anakin ¿Qué ha sucedido? ―le inquirió una vez más Jurokk, queriendo disolver el océano de dudas que le embargaba.
No es tu problema…
La hoja azul emergió en un fugaz segundo, luego Darth Vader caía en medio de los cuatro aprendices y la cabeza de Jurokk se desplomaba sobre las escaleras, rodando impaciente antes que su cuerpo le siguiera.
Para los cuatro Padawans la escena fue más que aterradora, el cuerpo decapitado del maestro Jurokk estaba tendido bajo la lluvia y su asesino el maestro Skywalker estaba frente a ellos, apenas terminando el movimiento de su acto homicida.
El sonido que precedía a las cuatro hojas retumbó instigado por un deseo de venganza, los aprendices alzaron sus armas contra el Sith y los clones fueron testigo del inicio de la masacre. Los cuatro sables de luz oscilaron con violencia en dirección del cuerpo de Vader, pero la mano del Sith fue más rápida, más hábil, al igual que todo su ser y detuvo los ataques sin mayor dificultad, acabándoles al instante, matando a tres desgarrándoles el pecho, deteniendo al último atravesándole el abdomen, dejando caer su cuerpo con desdén.
La enorme puerta doble del templo volvió a moverse, pero esta vez se dividía hacia el interior del templo, permitiéndole la entrada a la fría brisa de la madrugada, la cual llevaba entre sus manos el olor que le arrebataba a las heridas calcinadas, dejando ante su marco a aquel que había decidido traicionar la orden, quien con irritante prepotencia se adentró en el edificio, manteniendo su sable encendido, siguiendo seguido de inmediato por los imperturbables soldados que pasaron por en medio de los cadáveres de forma insensible e indiferente, dejando atrás a la lluvia que rugía indignada ante las muertes que había presenciado.
Parecía que el templo Jedi hubiese sido evacuado, parecía que durante muchos años hubiese estado desierto. Un silencio aterrador corría entre las paredes y los pasillos, no se escuchaban voces, no habían sonidos en toda la zona que rodeaba la entrada principal, lo único que trastornaba el lúgubre ambiente era la marcha de Vader y sus clones, quienes avanzaban sin distraerse, llegando sin demora a la mítica biblioteca, siendo recibidos por el bello azul que bañaba las estanterías holográficas, color que daba paz y sabiduría al gigantesco lugar.
El templo está cerrado, maestro Skywalker ―dijo con voz firme Jocasta Nu, guía de la biblioteca, quien al igual que los demás experimentados maestros percibía la oscuridad que dominaba el juicio de Vader.
La anciana Jedi se ubicó entre el Sith y la entrada a la biblioteca, en tanto que decenas de aprendices se agolparon en los palcos del segundo nivel y tras de varios estantes del primer piso. Era cierto, por orden del consejo Jedi el templo había sido cerrado y aunque la noche llevaba varias horas de haber iniciado, muchos de los aprendices adolescentes no podían tan siquiera pensar en dormir. Aquel miedo asfixiante también les había tocado y aunque no tenían la menor idea de lo que estaba sucediendo, sabían que de todas las noches vividas, esta era la peor.
He venido por orden del supremo canciller ―contestó tajante Darth Vader.
El supremo canciller, no tiene autoridad en el templo… Solo el consejo Jedi puede mandar aquí ―respondió con ímpetu la maestra, tomando su sable para activarlo con seguridad.
Aquella respuesta que le desautorizaba fue más humillante y dolorosa que cualquier herida. Ahora él era Darth Vader, un señor de los Sith, nadie, ni Jedi ni político, nadie tenía la capacidad de desautorizarle.
Envuelto en un odio enfermizo, el Sith se asió de todo el nuevo poder que el lado oscuro le había entregado y alzó el cuerpo de la Jedi tan solo moviendo su mano izquierda, cerrando luego su puño al atraerla a la punta de su sable, traspasándole como si de un muñeco de trapo se tratara.
El cuerpo de Jocasta Nu cayó sin vida sobre el brillante suelo de la biblioteca, en tanto que la empuñadura de su sable rebotaba, tornando en eco un trágico sonido. Este desgraciado instante de tiempo fue eterno para todos los aprendices. Cada uno de los jóvenes que se encontraban en el lugar vio con desespero el cuerpo tendido de la maestra Jedi. Cada uno de ellos vio con incredulidad al maestro Skywalker asesinar a otro miembro de la orden.
Algunos de los Padawans fueron presa del pánico y huyeron, otros quedaron inmóviles sin ser capaz de comprender la escena que habían presenciado, pero otros reaccionaron incitados por una iracunda sensación, encendiendo sus sables en un unísono movimiento, saliendo al encuentro del asesino Sith, algunos mostrándose al salir de los anaqueles, el resto tirándose del segundo nivel, cayendo en derredor de Vader y de las primeras filas de clones.
Dispérsense… Que ningún Jedi quede con vida ―ordenó el Lord Sith a todos los clones que desde las oficinas del senado le habían seguido.
La magnánima biblioteca del templo se convirtió en un crudo y despiadado campo de batalla. Los clones rompieron filas y dispararon a todos los aprendices que allí se encontraban, muchos de los Padawans rechazaron los primeros disparos, pero la estrategia de los soldados era ganar por número no por habilidad y aunque los jóvenes hacían gran uso de la esgrima y la fuerza les ayudaba, era imposible para ellos poder hacer frente a todos los disparos que sobre ellos se agolpaban.
Vader no se contuvo ni se desentendió de la batalla, con un furor que rayaba la demencia se abrió camino entre los estantes, rebanando a todo Jedi que se acercaba a la hoja azul de su sable, rasgando las mesas, el piso y las estatuas, creando destrucción con cada empujón de la fuerza que realizaba y aunque los aprendices no le temían y se agrupaban incluso de a cinco para enfrentarle, ninguno tenía oportunidad, ninguno era capaz de encarar la salvaje oscuridad que el lado oscuro le proporcionaba, oscuridad que se convertía en odio y maldad, odio que se transformaba en un incontenible deseo de causar mortandad.
Por doquier se escuchaban disparos y explosiones, la muerte se cernía sobre el templo y ninguno de los Jedi presentes podía pretender detenerle. Los maestros y los aprendices corrían por los pasillos, muchos entraban y salían en una y otra recámara, por todo el edificio se sentía el caos y la desesperación, y por más que lo intentaban ninguno era capaz de encontrar una respuesta, ninguno creía poder dar una explicación a todo lo que estaba ocurriendo.
La mirada del maestro Cin Drallig pasaba con benevolencia sobre los rostros asustadizos de los Padawans, en tanto que caminaba con desconcertante seguridad junto a cinco de los aprendices de mayor edad, atravesando uno de los pasillos más congestionados, dirigiéndose a la habitación de la maestra Shaak Ti.
Baak, Sofert… Vigilen un momento la entrada ―ordenó el maestro Drallig a dos de los aprendices que le acompañaban, al tiempo que entró al cuarto juntos a los otros tres.
Maestro Drallig ―pronunció con serenidad Shaak Ti al sentir la presencia del Jedi cruzar la puerta de su recámara.
Maestra Shaak Ti, escúcheme bien… Le diré esto solo una vez y no aceptaré una negación como respuesta ―la voz firme y la seria actitud del maestro Drallig desplazaron por completo a la maestra Togruta de la paz de su meditación.
Siento en su ser una latente determinación… ¿Cree que matar a Skywalker es la solución más adecuada? ―preguntó la maestra Shaak Ti abriendo sus ojos, encarando la fría mirada de Drallig.
Puede que lo sea, pero más que eso, mi determinación es otra… Usted debe sobrevivir a este ataque y convertirse en una esperanza para la orden.
Un momento lleno de confusión siguió a las palabras del maestro Drallig. La maestra Togruta no supo reaccionar ante la decidida propuesta de su compañero Jedi; en su mente no podía contemplar el escapar y abandonar a tantos Padawans inocentes, dejándolos ante una muerte segura.
Eso es impensable… Para mí… No abandonaré a todos estos Padawans ―contestó Shaak Ti sin dudarlo, mirando a su compañero con seriedad pero al mismo tiempo con compasión, sabiendo que sus intensiones eran buenas, aunque le estuviese proponiendo algo totalmente descabellado. 
No ―Respondió Cin Drallig con un tono aún más decidido, dando unos cortos pasos, acercándose a la maestra Jedi que todavía se encontraba en su posición de meditación.
Ya he enviado a otros de mis aprendices para que reúnan a todos los pequeños que aún estén con vida, usted se encontrará luego con ellos… Pero lo primero que debe hacer es irse del templo junto a estos cinco hábiles Padawans ―el plan de Cin Drallig era simple pero muy directo y Shaak Ti no pudo negarlo, incluso titubeó, sintiendo un leve conflicto en su corazón.
El momento de decidir era al instante inmediato, no había tiempo para dudas o para reflexiones, el templo Jedi empezaba a agonizar entre explosiones y disparos. Las bajas entre los Jedi aumentaban y la muerte se esparcía como la niebla se esparce entre las montañas. Los clones corrían por doquier disparando a todo Jedi que encontrasen, no importaba la edad, el sexo o la raza, todos eran objetivos de guerra, todos eran enemigos a quienes se les había ordenado eliminar.
En medio de uno de los grandes pasillos, un escuadrón de clones se atrincheraba tras los pedazos de algunos muros y columnas derrumbadas, en tanto que atacaban y hacían retroceder a un pequeño grupo de aprendices, quienes habían buscado una ruta de escape por aquel lugar. Los jóvenes eran liderados por la aprendiz Olana Chion, que oscilando su sable con tenacidad y fortaleza les impulsaba a seguir luchando, a seguir creyendo. Las ráfagas de plasma cruzaban el pasillo, rasgando el aire con su estridente sonido. Olana defendía a los más pequeños parándose en medio del pasillo, dejándolos detrás suyo, desviando tantos disparos como podía, mientras que los Padawans de mediana edad intentaban apoyarla, asiendo sus sables con miedo pero con vigor, logrando bloquear algunos disparos, aunque muchos de ellos eran derribados debido a las intensidad de los clones al atacar.
De entre los escombros de aquellas columnas, la aprendiz Chion logró ver como uno de los soldados se levantaba y apuntaba su lanzacohetes hacía donde ellos mantenían resistencia. El misil voló con rapidez y Olana solo tuvo oportunidad de dar un pequeño salto, rodando por el suelo mientras que la explosión se convertía en una mezcla de humo y fragmentos del suelo. Una sensación de terror se apoderó de su espíritu, les había fallado a todos esos Padawans, les había dejado morir en medio de aquella explosión. Frente a los ojos de Olana el humo se disipó y los cuerpos de los pequeños aprendices quedaron al descubierto, regados en derredor del impacto, todos encontrándose ya sin vida. Chion todavía no podía reaccionar, la culpa embotaba sus sentidos, pero el sonido de una granada que rodaba acercándosele les distrajo. Otra explosión se produjo, aunque un poco más débil, luego todo se torno negro para Olana, quien con dificultad quiso recuperar su visión, para encontrar a uno de los clones apuntándole de cerca, el cual no vaciló en dispararle.
Todas las muertes que se produjeron en aquel pequeño fragmento de tiempo, llegaron al corazón de Shaak Ti, clavándose en sus ser como si de puñales se trataran. Poco a poco la maestra empezaba a experimentar la agonía que todos los Padawans y que incluso el propio templo experimentaba. Era un dolor que le hería el alma, era un terror inexplicable que destruía toda esperanza, todo vestigio de paz.
¿Ahora lo entiende, maestra? ―preguntó Cin Drallig sacando de sus pensamientos a la maestra Togruta―. Usted debe escapar, usted debe convertirse en el futuro de nuestra orden ―insistió el maestro de esgrima, obligando a que Shaak Ti le mirara sin argumento para debatir.
Y ¿Qué hará usted, maestro Drallig? ―Shaak Ti se resignó, pero tampoco quiso desentenderse por completo de la situación que el templo mantendría.
Debo intentar detenerle, si le detengo puede que esta pesadilla llegue a su fin… Pero si no le detengo, al menos la orden Jedi seguirá con vida ―las palabras del Jedi fueron frías pero sinceras, no le importaba morir si lograban que la orden mantuviera una esperanza.
No podemos perder más tiempo… ―volvió a decir Drallig ahora un poco preocupado, los clones se acercaban por un extremo del templo y Darth Vader avanzaba desde el otro; que llegaran a su posición era cuestión de minutos.
Baak, Sofert, Esienn, Neeme, Serra. Ustedes irán con la maestra Shaak Ti… Partan de inmediato ―terminó diciendo el maestro de esgrima, observando a los aprendices que le habían acompañado hasta la habitación.
Escuchando las ordenes de su maestro, Esienn y Neeme quienes también habían entrado en la recámara, se acercaron a la pared que se fusionaba con el muro externo del templo y usando el poder de la fuerza crearon un enorme agujero, dejando a la vista los enormes edificios de la capital.
Cuento con usted, maestra Ti ―la maestra Togruta escuchó una vez más la voz de Drallig y se puso en pies, aún teniendo dudas pero sabiendo que no tenían más opción.
Shaak Ti corrió hacia el agujero recibiendo de frente la brisa de la madrugada y saltó perdiéndose en la oscuridad. Los cuatro jóvenes le siguieron al instante, pero Serra Keto se mantuvo inmóvil, mirando con tristeza las luces que a lo lejos jugueteaban.
Sígueme entonces… ―Dijo el maestro Drallig sabiendo que su aprendiz había decidido no escapar.

febrero 04, 2012

Guerreros de la Orden Oscura


Frente a mis ojos transcurrieron miles de épocas. Sufrimientos, dolores, sueños y muertes. Las desilusiones de algunos y las glorias de otros. Miles de años desde la formación de la orden de los Sith. Todos los conocimientos y todos los secretos encerrados en un destello de luz, que irónicamente solo pueden traer oscuridad.
A veces pienso que este pequeño artefacto no fue olvidado, simplemente fue ocultado fuera de las memorias de los seres vivientes. Con esto pude entender los errores y las debilidades, pero al mismo tiempo pude sentir el poder devastador que se esconde en las tinieblas que rodean a la fuerza. En el interior de mis pensamientos creció el deseo de enfrentar a los que tienen la autoridad y arrebatarles su lugar, pero entendí cuan solo estaba y que si realmente quería tener en mis manos ese momento, tendría que encontrarme allí.
Escondí el holocrom de los antiguos maestros, muy cerca al lugar donde lo encontré, un sitio seguro donde nadie pueda hallarlo. A partir de ahí tomé la determinación de volver a Coruscant y enfrentar al emperador, y como lo pensé fui arrestado, acusado y convertido en sirviente.

Podría preguntar que se siente estar muerto, que se siente sufrir y al mismo tiempo perderse en medio de la nada. Ahora comprendo que he pasado mucho tiempo curando mis heridas y aún así me veo débil, de no ser por todas estas maquinas que intentan reanimarme, hubiera muerto solo un momento después de haber caído en Bespin.

Levemente puedo recordar porque arribé a la ciudad flotante. Parece que estoy en animación suspendida, seguramente es este doctor desquiciado quiere desquitarse convirtiéndome en otro de sus experimentos. Pero no se lo permitiré, solo espero recuperarme y desaparecer de este lugar, no dejaré que vuelvan a encerrarme.

Ahora puedo recordarlo claramente, luego de ser encerrado durante tanto tiempo, por no querer obedecer al científico que se cree Sith. Tal vez si le hubiese entregado el holocrom las cosas fuesen diferentes.
Nunca les perdonaré la humillación. Me tomaron como siervo, me esclavizaron para que simplemente obedezca las órdenes de Sidious y asesine a todo aquel que quiera oponerse al imperio.

En secreto, realizaron algunos experimentos. Buscaban perfeccionar el control mental y el control físico, buscaban el conocimiento del lado oscuro de la fuerza.
Al final, en un arduo y cruel entrenamiento, solo nueve guerreros sobrevivimos. Cuando los experimentos iniciaron éramos cuarenta y cinco conejillos, luego nos dividieron en cinco grupos de a nueve. Nuestra misión como grupo era volvernos uno solo, adaptarnos y complementarnos como equipo, para luego destruir a los otros intentando sobrevivir.
Entrenamos en distintos ambientes y en numerables situaciones, convirtiéndonos en seres insensibles, llenos de odio y maldad, viviendo para eliminar, luchando en todo instante contra una sed insaciable por la muerte.
Para ese momento, la insolencia de los rebeldes había crecido lo suficiente, cientos de bases se estaban formando en los planetas menos conocidos y el poder de los Jedi crecía lentamente en el olvido.
A los oídos del emperador llegó la noticia. En un planeta en especial se acentuaba el más avanzado centro de operaciones rebelde y en su fortaleza, una prometedora academia Jedi daba esperanza a la desaparecida orden. Para eliminar esta pequeña amenaza se necesitaba un guerrero silencioso y definitivo al momento de realizar su objetivo. Eso era lo que Lord Vader sugería y su sugerencia no estaba lejos de lo que Sidious planeaba, aunque él no conocía nada al respecto y un nuevo viaje le permitió olvidarse de la pequeña situación.

 Fuimos liberados de los lugares de entrenamiento, donde nos mantenían. La orden era sencilla: eliminarlos a todos y desaparecer por completo la fortaleza rebelde. Nadie allí podría sobrevivir. Solo se nos aconsejo ser cautelosos, el resto de la rebelión no podría enterarse, al menos hasta que fuera tarde. A aparte nos dieron instrucciones: la aparente ubicación del lugar, un planeta llamado Barab I, de características muy particulares; se nos dijo que los nativos habían creado en la mayoría de la superficie del oscuro planeta, grandes senderos que dividían sus bosques, con la intensión de confundir a los invasores para luego atacarles. También se nos entregaron nuevas armas y naves veloces.
Me parecía insoportable verme al espejo y saber que ya no era el mismo, que ahora era una especie de monstruo que vivía para asesinar, carcomido por el odio y la verdadera oscuridad. No obstante, la idea de liberar todos estos deseos que agobiaban mi conciencia era deleitante, el poder enfrentar a estos nuevos enemigos. Realmente quería dejar correr esta naturaleza asesina y dejar de estar encerrado.
El emperador nos daba la oportunidad para comportarnos como verdaderos guerreros Sith, eso era lo principal, las otras cosas vendrían por el camino.

Viajamos así al planeta, lo recuerdo. Después de un rápido y callado recorrido, arribé junto a los otros al lugar en medio de un aguacero torrencial. Dejé mi nave para observar los inmensos caminos que frente a mí se dibujaban, cubrí mi rostro con mis vestiduras mientras que la lluvia y el fuerte viento golpeaban mi cuerpo. Después de atravesar algunos senderos, pude sentir que éramos observados por los nativos, pero no les di importancia, principalmente por que los otros tampoco lo hicieron.
Seguimos rumbo a unos grandes desfiladeros, lugar donde debía estar la base rebelde. En medio de las rocas se escondían un mediano hangar y lo que parecía ser una estructura de comunicación satelital. Esa era la función de este centro, transmitir las comunicaciones rebeldes de extremo a extremo de la galaxia.
Cuando menos pensé me di cuenta que no estábamos solos. No eran nativos los que nos observaban, era un grupo de droides saboteadores. Los habían enviado a seguirnos para que no escapáramos y para colaborar en el cumplimiento de la misión.
Entramos de una manera muy fácil al hangar. Aparentemente en ese momento se estaban realizando movimientos importantes, los rebeldes intercambiaban información muy valiosa para sus intensiones y los Jedi entrenaban en los últimos niveles de la estructura, podía sentir sus presencias, algunos maestros y varios Padawans. Los droides comenzaron a realizar su trabajo e infestaron el hangar con detonadores, luego nos dirigimos a la plataforma de comunicaciones; todos esos archivos debían desaparecer.
Algunos insignificantes guardias intentaron detenernos. Disfrute al eliminar a varios con mi sable, había pasado tiempo sin que hiciera eso. Sin embargo alcanzaron a dar la alarma y todos se percataron de nuestra presencia.
El entrenamiento de los Jedi fue interrumpido y sin dejar escapar un pensamiento subieron para defender la estructura. Los droides se esparcieron para minar toda la base, en tanto que los soldados nos enfrentaban. Con el poder de la fuerza los empujábamos sobre las computadoras, al tiempo que con nuestros sables desviábamos todos sus disparos. De repente, sentí como los Jedi atacaron a los droides, destrozándolos sin mucho esfuerzo. Acabé con los rebeldes que se atrevieron a dispararme y me acerqué para evitar que todos los droides fueran destruidos, dejando atrás a mis compañeros, quienes sin duda disfrutaban el momento tanto como yo.
Primeramente encontré en mi camino a tres Padawan, demostraban ser hábiles con el sable y con sus movimientos, pero no perdí tiempo al acabarlos. Los droides también alcanzaron a defenderse y con sus disparos y algunas de sus bombas, eliminaron a varios Jedi. Pude observar a dos de los droides sobrevivientes y estuve a su lado para defenderles. Volvimos al hangar en medio de disparos y explosiones, mientras subíamos nos encontramos con tres de los guerreros, quienes habían destrozado a un gran grupo de soldados. No obstante, al llegar al primer nivel nos esperaban siete maestros y cuatro de los más experimentados aprendices.
Los droides se hicieron a un lado, desapareciendo en medio del humo que salía de los niveles inferiores. Enfrenté a tres de los Jedi, juntos me atacaban, pero me defendía esquivándolos y oscilando mi sable, al tiempo que los tres Sith con los que había sido entrenado peleaban de una manera muy similar. Unos instantes transcurrieron en medio del duelo, hasta que los detonadores se activaron.
Las explosiones iniciaron desde abajo y en un momento la base empezó a tambalearse. Los Jedi continuaban atacándonos. Tres de los maestros nos alejaron y en un descuido nos empujaron con el poder de la fuerza, tirándonos al pasillo que comunicaba al hangar con el resto de la base. Intenté levantarme antes que los otros, pero cuando lo hice el lugar explotó sobre nosotros.
Una gruesa capa de humo cubría la gran cantidad de escombros que se había formado, pero la fuerte lluvia no cesaba y poco a poco disipó el ambiente. Pude liberarme con dificultad de los pedazos de concreto que me habían sepultado, para observar que los otros ocho asesinos ya habían salido de las ruinas y me esperaban.
La lluvia lavó mi rostro mientras que mi corazón se inundaba de ira y rencor. Los Jedi habían huido del planeta, podía sentir sus presencias alejarse, podía sentirles como si viera el rastro que dejaban al caminar.
Sentía al tiempo algo de dolor, la base me había caído encima, a todos por igual, pero no descansamos por ello, solo esperamos a que los Jedi se detuvieran, a que se situaran en un solo lugar y así poder atacarles.
Caminamos por varias horas por los senderos, todo parecía estar más oscuro que antes y el ambiente empezaba a calentarse. Llegó el momento en que me sentí perdido y aunque intentaba encontrar una salida, no podía lograrlo. No quisimos tolerar más la situación, en ese momento la luz de nuestros sables se adueño del espacio, reflejando su color rojizo sobre los senderos de arboles frondosos.
Solo pasaron unos minutos y los bosques que nos rodeaban cayeron a nuestros pies, arrancados de la tierra por nuestro poder. Pero ahora nos parecía que no era suficiente, por ello nos dirigimos a las aldeas. No recuerdo como eran ni cuantas eran, solo puedo recordar los gritos de dolor y desesperación que se escapaban inundando nuestras almas, llenándonos de más crueldad, con cada nativo que caía y era desmembrado por nuestros sables.
Nos quedamos para desolar el planeta, para llenarlo de muerte y silencio. El lugar entero lloraba de tristeza y nos miraba con miedo, escondiéndose en la oscuridad de la noche, la cual era demasiado prolongada. Tal vez fue algo salvaje o inhumano, pero eso éramos, eso somos.
Al final podía sentir el poder que corría por mis venas. Mis ojos contemplaban como las furiosas llamaradas consumían y arrasaban con todo a su paso y en mi mente solo se plasmaba el deseo de ir en busca de aquellos Jedi.

El lugar fue fácil de encontrar, las imágenes vuelven nítidas a mí. Los Jedi se habían situado por un tiempo en el mismo planeta y aunque prácticamente nuestras ordenes ya estaban cumplidas, era nuestro deseo vengarnos. No solo fue fallar en la misión, fue la humillación por ser derrotados de esa manera.
Nos dirigimos a Bespin. Desde la ciudad flotante nos llegaban los rastros de la presencia de los Jedi, era como si un camino se regara frente a nuestros ojos. Viajamos con rapidez, no soportábamos la idea en que esos Jedi aún estuvieran con vida y para cuando llegamos el día en Bespin había sido derrotado por la frialdad de la noche y su sol no tenía más escapatoria que ocultarse.
Estando ya en la ciudad, una escalofriante brisa venia a nosotros desde las nubes. Nos rodeaba, nos encerraba con cada paso que dábamos al adentrarnos en las calles, las cuales eran adornadas por grandes edificios.
Nuestros rostros eran cubiertos por nuestras vestiduras, mientras que caminábamos en completa soledad; ni aún los guardias dejaban verse. Los once Jedi se habían separado, cuatro maestros se encontraban con sus aprendices en distintos lugares de la ciudad y los otros tres se reunían en un edificio cercano a nuestra posición.
Decidimos atacar a los tres maestros, pensamos que no sobrevivirían a nuestro ataque. Les superábamos en número y supuestamente era igual en poder. Trepamos por la estructura externa de uno de los edificios del centro de la ciudad, muy cercano a nuestro primer objetivo, llegando hasta su azotea. Desde allí observábamos una gran parte de la masa de edificios y de inmediato nos dirigimos al lugar, saltando de terraza en terraza.
Al estar tan cerca que podíamos verlos, me percate de que los tres maestros no estaban solos, les acompañaba un extraño alienígena. Me sorprendió su gran altura, el espeso y de color azul brillante pelaje que cubría parte de su piel, y su rostro poco agradable, además de sus cuatro extremidades superiores y la poderosa hacha que llevaba en su espalda, la cual parecía medir no menos de cinco metros.
Es un Pho Ph’eahiano ―dijo el más callado de los nueve, personalmente nunca había escuchado ese nombre―. Pero jamás había visto uno como este ―continuó diciendo―. Sé que miden un metro setenta, pero este parece medir cuatro metros…  Además su cuerpo está muy desarrollado, en realidad parece un mutante, no es como los Pho Ph’eahianos normales.
Me intrigó lo que dijo, pensé que si estaba con los Jedi era porque también formaba parte de la rebelión y por ende correría con la misma suerte.
Escuchamos por un instante la conversación que sostenían. Se preguntaban como el imperio pudo ubicar la ubicación exacta de la base. No me interesaba lo que los Jedi hablaban, pero me causó curiosidad el lenguaje que usaba el todavía extraño alienígena, lo que decía se escuchaba como silbidos, chillidos y al mismo tiempo ladridos, algo muy raro y obviamente inentendible para mí.
Solo un momento después, activé mi sable de luz y salté cayendo en el balcón de aquel edificio, de inmediato los tres maestros dejaron de ignorarnos y con cautela encendieron sus armas y se acercaron hacia la parte exterior. Al verme se sorprendieron.
Eres más persistente de lo que esperaba ―Dijo el Jedi que me había empujado en el hangar.
Clavé mis ojos llenos de rencor sobre su mirada, sin pronunciar una palabra, mientras que los otros ocho encendieron sus sables, dándole un color rojizo a la pared del edificio y opacando el verde y el azul de sus armas. Al instante el enorme alienígena también se asomó, desenvainando su poderosa hacha, volviendo a producir esos raros sonidos. Los Jedi saltaron hacia la azotea del edificio de enfrente, en tanto que desde lejos venían saltando de lado a lado sus otros compañeros.
Los Sith decidieron enfrentarse a los insolentes Jedi, mientras que el Pho Ph’eahiano me observaba fijamente, como con odio. Ellos empezaron a luchar entre sí, estrellando sus sables, moviéndose con agilidad, saltando de un lugar a otro. Por el contrario yo me encontraba quieto, como paralizado, al tiempo que aquel monstruo se me acercaba empuñando firmemente su hacha.
De repente, intentó atacarme de una manera extraordinariamente rápida, solo pude dar un paso hacia atrás esquivándole, pero entonces con uno de sus cuatro brazos me golpeó en el pecho, lanzándome contra una de las estructuras, haciendo que dejara caer mi sable. El golpe fue tan fuerte que me estrelló contra la pared, derrumbándola. Sentía gran dolor en mi pecho, era increíble el poder que tenía esa bestia. Moví los pedazos de pared que me habían caído encima e intenté levantarme, pero al hacerlo vi como el Pho Ph’eahiano saltó desde el balcón con una facilidad humillante, cayendo frente a mí. Le observé sorprendido, al tiempo que él sin dejar pasar un segundo volvió a golpearme atravesando la pared conmigo, lanzándome afuera del edifico. 
Caí hacia el suelo con velocidad, pero alcancé a dar un giro en el aire y pude caer de pie. El Pho Ph’eahiano apareció por el agujero que había hecho en la pared y me miró hablando, era como si se riera, realmente no lo supe. Saltó hacia donde yo estaba y cuando cayó pareció que esa parte de la ciudad temblara, ya que la altura era considerable. De inmediato empezó a atacarme con su hacha, con rápidos movimientos intentaba rebanarme, pero de la misma manera pude esquivarlos, con movimientos de troncos y pequeños pasos hacia atrás, sin embargo, en uno de esos ataques logró causarme una herida diagonal en el pecho, que aunque era superficial, me causaba gran dolor. Al instante me golpeó en el abdomen con el extremo de su hacha dejándome sin aire, para luego golpearme en el rostro con otro de sus brazos. De un solo golpe me estrelló contra el suelo y causó que de mi rostro brotara sangre. Sentía tanta ira ¿Cómo podía estar pasando esto? Ese monstruo insensible a la fuerza me estaba derrotando.
Los ocho guerreros de la orden oscura se habían dividido, mientras que luchaban contra los Jedi. Se suponía que la victoria seria sencilla, demasiado sencilla, pero la realidad contrastó totalmente con lo que pensábamos. Los Jedi detenían sus ataques con facilidad, se movían de una manera increíble y sus ataques hacían retroceder a los asesinos Sith.
Ingaly, una de las tres mujeres de nuestro grupo, enfrentaba sus dos sables contra el de un maestro Jedi, pero se veía impotente ante la experiencia y el desenvolvimiento de su oponente. Pensamos mal al creer que los Jedi colocan la compasión sobre todas las cosas y que no se dejan llevar por el rencor que sienten hacia los Sith, realmente los Jedi y los Sith son demasiado parecidos.
Luego de atacarla varias veces haciéndola retroceder, el maestro Jedi le causó una herida en su pierna izquierda y al ver en ella un momento de descuido, la decapito sin piedad.
Carlek, el más callado de todos, afrontó a dos de los Padawan y de una manera no tan fácil pudo imponerse, primero golpeando en el rostro a uno de los muchachos y empujándolo con el poder de la fuerza a un lugar lejano, después atravesando con su sable al segundo, luego de arrebatarle su arma con una patada.
Yirak, el Sith más experimentado de los nueve, desafió a dos maestros. Por un buen momento pudo detener los ataque juntos de los Jedi, pero al intentar devolvérselos perdió su brazo izquierdo y al ver en sus oponentes la intensión de matarle, dio una salto hacia atrás cayendo en otro edificio, alejándose. Al verlo, los otros seis guerreros le imitaron y luego de algún golpe o ataque saltaron hacia los otros edificios, alejándose también de sus oponentes.
Por alguna razón los Jedi no estaban dispuestos a dejarles, tal vez sentían rencor por la destrucción de la base y la muerte de aquellos rebeldes, tal vez nos estaban esperando y esto era un atrampa; si fue así caímos de una manera muy fácil.
Los Jedi saltaron a los edificios para seguirles, de inmediato los Sith empezaron a huir, brincando de una estructura a otra, dirigiéndose al lugar donde se encontraban sus naves, no obstante los Jedi les seguían de cerca, muy de cerca. Por esta razón Carlek se detuvo y les atacó con una onda por medio del poder de la fuerza, derrumbando a los Padawan, pero quedando en fracaso frente a los maestros, quienes le golpearon en medio de sus saltos, tirándolo hacia la calle, la cual se encontraba metros abajo. Carlek cayó inconsciente a lo profundo, en tanto que los Jedi seguían persiguiendo a los guerreros de la orden oscura.
Otro de los maestros lanzo su sable de luz, haciéndolo girar a gran velocidad, cortándole las piernas a otra de las mujeres Sith, dejándola tirada en la azotea de otro edificio.
Lentamente y con dificultad pude levantarme, mientras que el Pho Ph’eahiano enterraba su hacha en el suelo de un solo golpe y se acercaba dando pequeños pasos. Esta vez me golpeó con dos de sus brazos, haciéndome girar en el aire, pero con otra extremidad agarró una de mis piernas para que no cayera, entonces apretó mi cuello y mi pecho, como queriendo aplastarme. Era una enorme presión, pero recordé que yo era un Sith, no podía morir de esta manera, así mientras seguía siendo atacado por el enorme alienígena, me concentré en la fuerza, haciendo elevar un trozo de concreto, lanzándoselo en el rostro. El golpe fue duro porque lo hizo retroceder, por lo que di un salto alejándome lo suficiente de él. Esta vez tocó su rostro y miró que brotaba sangre, entonces dio un grito enfurecido. Por un instante creí que mis oídos explotarían, luego empezó a correr hacia mí, como queriendo embestirme.
Con el poder de la fuerza elevé inmensos trozos de concreto y empecé a lanzárselos, los más pequeños los destrozaba con sus brazos y las más grandes los esquivaba saltando o rodando por el suelo, pero luego le lancé uno de grandes proporciones, el cual se estrelló frente a él, haciéndolo retroceder. A la vez que el Pho Ph’eahiano intentaba detener el pedazo de muro, forcejeándolo con sus cuatro brazos, pude observar a lo lejos mi sable de luz y de inmediato lo atraje hacia mí, encendiéndolo en el aire, tomándolo con mi mano diestra. En ese momento aquella bestia levantó el enorme pedazo de muro y me lo lanzó.
Pude saltar a un lado y esquivarlo, no obstante este corrió y tomó su hacha, deteniéndose un momento para que nuestras miradas chocaran. Ambos corrimos para enfrentarnos, el filo de su hacha soportaba el poder de mi sable y por esto detenía todos mis ataques y podía atacarme, incluso me hacía retroceder. En un movimiento corté su hacha en dos, ya que el mango de esta no era tan resistente, luego oscilé mi sable y le arrebate uno de sus brazos. Furioso me dio un rodillazo dejándome nuevamente sin aire y haciendo también que dejara caer mi sable. Con otro golpe me lanzó lejos del lugar, en tanto que con uno de sus enormes pies aplastó mi sable, volviéndolo pedazos. Me levanté recuperando el aire, para ver que había saltado dirigiéndose hacia mí, como queriendo también aplastarme. Intenté esquivarlo pero no pude y cayó sobre mí, rompiendo el suelo, llevándonos al interior de la ciudad.
Los Sith que quedaban alcanzaron a observar sus naves, pero sentían todavía la respiración de los Jedi a sus espaldas. Súbitamente un misil sorprendió a los Jedi y explotó cerca de los maestros, haciendo volar a tres de ellos; un escuadrón de clones había sido enviado a buscarnos. Los Jedi restantes se sorprendieron al verlos y se detuvieron para anular con sus sables los disparos de los clones. Yirak vio el momento oportuno y se devolvió atacando a los Jedi, empujando a uno con el poder de la fuerza, atravesando a otro en el momento que intentaba defenderse.
En ese instante los Jedi murieron, la mayoría por los disparos de los clones. Si no fuese por ellos las cosas habrían resultado de otra manera.
Luego de unos segundos reaccioné sintiendo como un vasto polvo intentaba ahogarme. Caminé a través de los escombros que habían caído desde arriba, intentando divisar al Pho Ph’eahiano. Pude presentir un pedazo de concreto que venía hacia mí y con el poder de la fuerza lo detuve y se lo devolví con una velocidad doble, pero el maldito monstruo lo detuvo y con sus tres brazos lo volvió polvo. Me sorprendió nuevamente su fortaleza, en tanto que él no perdía tiempo para continuar lanzándome cosas. Con unos saltos hacia atrás pude esquivar todos los pedazos de escombros que me tiraba, pero entonces vi que a mi espalda se encontraban los muros de la ciudad flotante. Esta vez lanzó otro pedazo, dirigiéndolo a mi rostro. Salté hacia él para golpearlo, esquivando el ataque que se estrelló contra el grueso muro, rompiéndolo.
Cuando dirigía una patada hacia su pecho, me tomó con dos de sus brazos y me chocó contra el suelo, al tiempo que una fuerte brisa entraba a través del enorme agujero que se había creado. De una patada me levantó, acercándome hacia el final de la ciudad. Me levanté con un dolor que me estaba matando, mientras que él volvía a correr hacia mí, queriendo envestirme de nuevo. Salté dejándolo atrás, cerca al agujero, de inmediato eleve todos los escombros que se encontraban en el lugar, ese habría de ser mi último movimiento, todos los golpes que había recibido me pasaban factura. El Pho Ph’eahiano volvió a gritar pero esta vez no causo efecto, al tiempo le lancé todos los pedazos. Intentó detenerlos con su fortaleza y en parte lo estaba logrando, aunque empezaba a retroceder; al final fueron demasiados y para cuando todos impactaron sobre él, lo despidieron por el agujero, haciéndolo más grande, sacándolo de la ciudad flotante.
Recuerdo haber visto al enorme alienígena desaparecer en medio de las nubes, antes de desplomarme en medio del polvo y el resto de muros que habían caído. Esta batalla siempre vivirá en mi mente. Fue un poderoso guerrero y un gran oponente, digno de ser recordado.

De ahí nos trajeron a Coruscant, esto hubiese sido tomado como una derrota, ya que la misión no se llevo a cabo como el emperador desearía, pero todavía éramos parte del experimento. En nosotros vieron las fallas y las debilidades, y tomaron el verdadero camino para formar a los guerreros que el señor de los Sith necesitaba.
El fracaso, la debilidad y la incompetencia no pueden ser tolerados ―dijo el emperador después de conocer lo sucedido.
Ignoro cuales serán los planes de Sidious, solo una cosa es segura, las fallas no volverán a verse y el grupo de rebeldes y adeptos a la orden Jedi experimentaran una nueva cara del imperio, una que tal vez nunca imaginaron, o que tal vez nunca creyeron posible.

Aun continuo en medio de mis recuerdos, espero que todo esto haya valido la pena y que el emperador desista de nuestros servicios, aunque no para tratar de eliminarlos.
Con cada momento que pasa mis fuerzas vuelven para alentarme, todo esto solo alimentó más mi odio y mi rencor, cada experiencia vivida trae fortaleza y nuevas perspectivas, el error de subestimar a mis enemigos no se puede repetir, el entrenamiento es irremplazable y la búsqueda de nuevos poderes es inminente.
Espero salir pronto de esta capsula de recuperación y retomar las cosas que dejé cuando fui arrestado, presiento cada vez más cerca la caída de Sidious, pero no permitiré que sea la caída de los Sith, sin duda mis compañeros me apoyaran en esto.
Espero con ansias lo que ha de suceder, aunque ya no soy el mismo de antes y el lado oscuro cada vez se adentra más en mi corazón.