febrero 18, 2012

Ante un sueño perdido

De un momento a otro pude mirarme como si mirara a través de otra persona, como si mi alma hubiese brotado de mi cuerpo y mi mente vagara solitaria, flotando silenciosa junto a mí ser.
Estaba allí, recostado sobre mi cama, sin moverme y apenas respirando, observando hipnotizado la mediana ventana, concentrado en lo que afuera se encontraba, perdido, como si en ese instante estuviese muriendo.
―¿Es un sueño? ―me pregunté sin poder responderme, en verdad no quise responderme.
Me acerqué con cuidado, manteniendo en mí esa sensación extraña, ese miedo inexplicable que me envolvía queriendo apresarme. Un temblor  estremecía todo mi ser, diciéndome a gritos que algo malo y peligroso estaba sucediendo.
―¿Es un sueño? ―volví a preguntarme y en esta ocasión parecía tener la respuesta en mis manos, aunque realmente la rechazaba, no quería aceptarla.
Intenté dar un nuevo paso, deseando acercarme más a mi rostro, llevando mi corazón a latidos innumerables, principalmente porque en mis pensamientos tenía la seguridad de que lo que estaba sucediendo no era solamente un sueño. Era algo mucho más enigmático y escalofriante, una situación que me enfrentaba entre lo real y lo irreal, entre el silencio, la muerte y la oscuridad.
De repente no pude moverme, estaba casi frente a mí mismo, respirando sobre mi piel, detallando cada forma de mi cuerpo, el perfil de mi rostro y la figura entera de mí ser. Quise levantar mi mano, quise dar un nuevo paso pero mis extremidades no respondieron. En ese momento ya no temblaba, ya no sentía los latidos en mi pecho e incluso ya no notaba el aire que se desprendía desde mi nariz. Por un instante todo quedó en silencio, todas las cosas habían perdido sus sonidos, incluso el aire era mudo, hasta mis pensamientos habían perdido su voz.
Sin embargo, cuando junto al tiempo todo se mantuvo inmóvil, vi como mis ojos voltearon a mirarme. Yo estaba ahí pero también estaba aquí y mi mirada se encontraba consigo misma, creando un instante que jamás en mi vida había podido imaginar. No reaccioné, bueno si lo hice, cuando seguía mirándome pude sentir con lentitud como mi corazón volvía a funcionar, en tanto que una fría gota de sudor rasgaba mi piel mientras que se escurría por mi rostro. No obstante, lo más extraño no fue eso, lo más extraño fue que antes me veía sobre mi cama y ahora también me veía junto a mi cama, aunque no era yo realmente, no era el yo que ahora vivía, era la imagen que me representaba algunos años atrás, cuando aún me consideraba un niño.
Un escalofrío inexplicable atravesó mi alma. ¿Cómo podría entender que el niño que antes yo era estaba parado a mí lado, casi sin moverse, casi sin poder respirar? Intenté y deseé hablarle, pero mi voz se había esfumado, mi garganta no era capaz de pronunciar ni la palabra más sencilla y aunque mi mente explotaba en medio de estridentes gritos, mi voz seguía muda, seguía muerta.
Sintiéndome frustrado por no poder hablar, quise entonces levantarme pero mi cuerpo no me obedeció, sentí un terrible peso sobre mi pecho, era como si hubiese sido encadenado a mi cama, ni aun mis pies, ni aun mis manos podía mover, sobre lo único que tenía control era sobre el movimiento de mis ojos, los cuales por un segundo quedaron estáticos, sintiendo el tacto de su propio tacto, mirando fijamente a los ojos del niño que estaba a mi lado.
―¿Es un sueño? ―me pregunté confundido, teniendo la sensación de que antes ya lo había hecho. 
Giré mis ojos observando todo lo que me rodeaba, sin poder descuidar al pequeño que estaba inmóvil a mi lado. Las cosas que se encontraban en mi cuarto se veían diferentes, tanto así que por un segundo pensé que no era mi cuarto, pero sí lo era, solo que algo bajo mi perspectiva había cambiado. Las sombras eran más oscuras, más frías y tétricas, los muros parecían enormes y casi interminables, y las demás cosas se movían con furia y violencia, azotadas sin piedad por la brisa de la madrugada. No obstante, la fuerte brisa cesó de forma repentina y todo quedó en calma y en afonía, nada volvió a moverse, incluso mis ojos quedaron inmóviles. De nuevo sentía como yo mismo me observaba, era como si mis pensamientos se enlazaran con sus pensamientos y nuestras mentes se hicieran una, realmente eran una, aunque un límite de tiempo las separaba.
Creía que él sentía lo mismo que yo, que experimentaba lo mismo que yo y por esa razón estaba seguro que ambos compartíamos ese temor sofocante, ese miedo que parecía envolver mi cuello y querer ahogarme.
Estando allí, en ese transcurso de lentos minutos, me vi tentado a voltear mi rostro, a volver a la posición que en un principio estaba, pero mi conciencia me gritaba que no lo hiciera, me advertía que no debía hacerlo y aún así quise mirar y me esforcé, venciendo el temor, la duda y todo lo que me impedía moverme. Lleve mí mirada hasta la ventana, contemplando lo que afuera de la casa se encontraba, apreciando para mi confusión y sorpresa a un niño mucho más pequeño que alegre jugueteaba entre los jardines.
La oscuridad me cegó durante un largo momento, después mis ojos volvieron a ser útiles y las cosas que ellos percibían se aclararon frente a mí. Sin embargo nada sucedió como yo lo esperaba. Luego de esa penumbra que me había envuelto, me encontré afuera de mi casa, entre sus jardines, con la respiración agitada como si hubiese estado corriendo o jugueteando por un largo tiempo. Me detuve sorprendido y todo tembló a mí alrededor. Un sismo destructor intentaba arrasar con todo lo existente. Todo esto era estúpido e imposible, pero aún así tiritaba de miedo ante la decisión de voltear mi rostro y mirar hacia la ventana de mi cuarto. Queriendo escapar de ese pensamiento tentador que me carcomía, el cual prácticamente me estaba obligando a girar mis ojos y enfrentar mí destino, levanté mis manos a la altura de mi rostro y las contemplé con detalle, entendiendo que no eran mis manos, comprendiendo que eran más pequeñas, más débiles e inocentes.
Cansado de esa situación me armé de valor, jamás antes había decidido ser tan valiente y giré mi cuerpo, para luego desear nunca haberlo hecho. Me encontré allí, afuera de la casa mirándome a la distancia, viéndome sobre mi cama y al mismo tiempo viéndome junto a ella.
―¿Cómo puedo estar en tres sitios a la vez? ―pregunté tres veces, al mismo instante y en distintos lugares, en tanto que lo real se convertía en una mentira y esa mentira se adueñaba de toda lógica.
Suspiré al mismo tiempo y mi respiración se desvaneció de forma colectiva frente a cada uno de mis tres rostros, entonces algo en mi interior pudo hacerme entender lo que acontecía. Me veía en tres lugares, me sentía en tres lugares, pero mi alma seguía siendo una. Así, la noche se abalanzó sobre mí, pero no era simplemente la noche, era la muerte que se burlaba con crueldad frente a mi cara.
Con esto comprendí todas las cosas, el qué y el porqué de lo que estaba viviendo. Con calma cerré y volví a abrir mis ojos y miré al inocente niño que estaba afuera entre los jardines. El universo pareció quebrarse y la nada devoró la existencia. Algo rasgó mi alma como a la tela más vieja y desgastada, atravesó mi espíritu y se robó toda mi fortaleza y por un instante, en tanto que todo parecía perder su vida, sufrí el dolor más terrible e insoportable y aunque quise no pude demostrar mi sufrimiento. Luego de esto, los gritos de mi ser fueron liberados y el llanto de mi alma se dibujó en una diminuta y cristalina lágrima, la cual descendió en cada uno de mis tres rostros, tomándose una eternidad para hacerlo, dejando tras su camino las huellas de mi pasado, casi desgastándose por completo, antes de suicidarse trágica pero silenciosa al mismo tiempo, reventándose y desapareciendo tras su choque contra el suelo.
Con calma volví a cerrar mis ojos, principalmente porque aquella lágrima se había llevado todo el dolor entre sus formas y lo había destruido, inmolándose para rescatarme. Levanté una vez más mis párpados, reflejando en mi pupila la silueta de aquel niño que en el principio de mi vida me representaba. Con sencillez le sonreí causando que él también me sonriera, pero cuando su delicada sonrisa terminaba de dibujarse en su rostro, la brisa le desvaneció como llevándose su esencia, así como el viento desvanece la suave y frágil neblina. 
En ese momento volví a estar solo, tan solo como nunca antes había estado y allí presencié como la muerte se atrevía a devorar mi espíritu indefenso. Al final comprendí todo lo que había sucedido y mientras mi cuerpo quedaba inerte, tendido sobre mi cama, en mi mente reconocía la fortuna que había experimentado. Había vivido el instante antes de la muerte, el momento luego de la vida y ahora lo recordaba sin tristeza ni remordimiento, sabiendo que toda mi vida había sido un simple sueño y ahora que había perdido la vida, el sueño también se había perdido.

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