febrero 02, 2012

La Batalla del Valle del Fin (Parte 2)

Por un instante no pudo verse nada, solo el polvo que emergía con odio como si el más grande volcán estuviese haciendo erupción, por unos cortos segundos no pudo escucharse nada, ni aun la voz del terrorífico demonio, lo único que rompía el silencio era el crujir de la tierra que todavía se fragmentaba a causa de esa inmensa sacudida.
Luego, cuando se disiparon todas las cosas, el Hokage pudo observar los estragos causados por su poderosa técnica y en medio del suelo removido, pudo ver al Kyuubi enterrado casi por completo entre los pedazos que sobresalían.
―¿Dónde está Madara? ―preguntó en el interior de su mente al no poder encontrar ni un rastro de su oponente.
―¡Estilo Fuego: Jutsu Flama de Dragón! ―gritó el Uchiha emergiendo de entre los fragmentos levantados, llevando su abanico sobre su espalda, hinchando su pecho y literalmente escupiendo una enorme bola ardiente que se formaba frente a su ser, pero que al mismo tiempo empezaba a moverse, descendiendo hacia donde Hashimara se encontraba.
Antes de caer y antes que su ataque lograra impactar a su enemigo, Madara cambió los sellos que sus manos formaban y al instante en que con su Sharingan pudo anticipar los movimientos del Hokage, gritó.
―¡Estilo Fuego: Jutsu Flama Explosiva! ―velozmente pero ante sus ojos con lentitud, la enorme bola ardiente se estremeció y explotó, multiplicando el fuego que la conformaba.
Hashimara intentó esquivar el ataque, pero el fuego parecía perseguirle y viéndose atrapado solo pudo unir sus manos, formando un rápido sello.
―Jutsu de Madera: Escudo impenetrable ―pronunció casi sin sonido, viendo como tres capaz de gruesa madera le envolvían creando una fortificada cúpula, la cual le protegió en el momento exacto, separándole del fuego abrasador.
En medio de la sombra protectora de su escudo de madera, el Hokage se confundía queriendo entender como Madara había logrado esquivar su ataque, teniendo tiempo de esconderse e incluso de tomar su arma. Pero lo que Hashimara no sabía era que el portador del Mangekyou había anticipado su técnica y al momento en que el terremoto iniciaba, Madara corrió para tomar su abanico y luego saltó sobre el Kyuubi y resistió el movimiento de la tierra, arraigándose al lomo del zorro demoniaco.
Al tiempo que el Hokage pensaba en su siguiente ataque, un sonido ascendente le sorprendió, algo estaba próximo a embestirle y el golpe prometía ser poderoso; el Kyuubi corría esparciendo los grandes pedazos de tierra que el terremoto había levantado, dirigiéndose hacia el escudo que había resguardado al Hokage, cargando sobre su espalda nuevamente al Uchiha.
Aquella cúpula de madera desapareció, destrozándose en pequeños fragmentos, derrumbándose ante las nueve colas y las patas del zorro.
―¡Hashimara! ―gritó Madara al no ver al primer Hokage, pero este apareció varios metros adelante, emergiendo de la tierra como si compartiera su esencia.

La luna aún era enorme y aún les alumbraba con majestuosidad, el firmamento mantenía su profunda oscuridad y en tanto que el zorro emitía un nuevo rugido, una fuerte brisa atravesó el lugar, chocándose aparatosa con los estragos que testificaban el arduo duelo que se vivía.
Con furia y con velocidad el Kyuubi empezó a correr obedeciendo las ordenes de Madara, mostrando sus enormes colmillos, deseando devorar al primer Hokage de Konoha, pero de la misma forma en que el zorro se abalanzaba sobre él, Hashimara rompía con sus dientes el extremo de su pulgar derecho, permitiendo que unas gotas de sangre brotaran.
―Jutsu de Invocación: Arboles Vivientes ―dijo luego de realizar los sellos y de empalmar su mano contra el suelo, permitiendo que se dibujaran las marcas sobre la tierra, completando así su técnica.
Con poder y con velocidad, decenas de monumentales arboles brotaron de la tierra elevando entre sus formas al primer Hokage de Konoha, creando frente al Kyuubi una inmensa y firme muralla de raíces, troncos y grandes ramificaciones. El zorro de nueve colas intentó detenerse, pero los arboles vivientes fueron más rápidos y sus gigantes raíces le atraparon rodeándole y enrollándose entre sus patas y su cuerpo, frenándolo en seco, causando con su aparición que la tierra volviera a quebrarse y levantara nuevamente algunos de sus pedazos.
Madara se abalanzó sin querer sobre los arboles, producto de la forzosa detención; cuando el Uchiha aún iba en el aire, la raíces quisieron atraparle y se extendieron hacia él, pero el portador del Mangekyou logró maniobrar su cuerpo y esquivó a la gran mayoría, pero una de ella le impactó con su punta en el rostro, reventando su boca y lanzándolo de nuevo sobre el lomo del Kyuubi.
―Maldito ―dijo Madara con odio pero con debilidad―. ¡Maldito! ―gritó saltando en gran manera, dirigiéndose a la muralla de arboles, quedando en un instante frente a la enorme y esplendorosa luna, imponiendo su sombra frente a la brillante luz plateada, en tanto que de su boca brotaba una buena cantidad de sangre.
Viendo a su enemigo abalanzarse sobre él, Hashimara volvió a tomar el enorme pergamino que colgaba en su espalda, desplegándolo con rapidez, abriéndolo como antes no lo había abierto. El papel se extendió totalmente sobre uno de los troncos y el líder del clan Senju se paró sobre su centro, realizando ágilmente una pequeña cantidad de sellos, en tanto que Madara corría y saltaba por encima de las grandes raíces, descendiendo al tiempo que las esquivaba.
―Arte Ninja: Asedio de Cuchillos ―dijo el Hokage y al instante decenas que armas brotaron del pergamino en medio de una ráfaga de humo que también nacía desde el largo papel; espadas, Kunais y Shurikens de todos los tamaños salieron disparados a gran velocidad, llevando como único objetivo derribar a Madara.
El asedio de cuchillos se elevó desgarrando aún a las raíces que antes habían intentado atrapar al líder del clan Uchiha, pero anticipando el ataque Madara volvió a saltar, dando antes un giro hacia atrás.
―¡Estilo Fuego: Ráfaga de Fuego! ―exclamó el poderoso ninja escupiendo una potente llamarada y girando en un pie tras apoyarse en la última de las raíces; tomando su enorme abanico y blandiéndolo, esparció las llamas que en frente suyo se propagaban, creando una verdadera ráfaga de fuego, una ráfaga que se estrelló contra todas las armas, frustrando el ataque del Hokage, esparciéndolas en derredor.
Las humeantes armas retrocedieron con la misma velocidad con la que se elevaron y se enterraron con violencia en los troncos de los gigantes arboles; de todas las armas que Hashimara había utilizado en su técnica, algunas se le devolvieron, el Hokage las vio venir sobre sí en tanto que Madara caía al suelo algo cansado, manteniendo sus ojos sobre su enemigo.
En un segundo fugaz, cuando las armas se ensartaron colectivamente sobre los arboles, una de las gruesas ramas se interpuso entre Hashimara y ellas, salvándole la vida, deteniéndolas entre sus formas.

La furia de Madara llegaba a sus límites, no podía contemplar la idea de que su oponente fuera tan capaz como él, no podía aceptar que Hashimara merecía el rango que ostentaba, el rango de Hokage.
Por su parte el líder de los Senju intentaba mantenerse tranquilo, sabiendo que para vencer a su más acérrimo rival, debía mantener una total concentración y sobretodo, aunque fuera una pequeña ventaja en cuanto a cantidad de chakra.
―¡Maldito Hashimara! ―repetía el orgulloso Uchiha―. Ni aún con el Kyuubi he podido derrotarte ―decía en tanto que el zorro se encontraba inmóvil, atrapado por las poderosas ramas de los arboles vivientes.
Por un momento los dos legendarios Shinobis volvieron a mirarse, el duelo que sustentaban les estaba dejando exhaustos, pero cada uno sabía que debían entregarlo todo para que resultara un vencedor.
―Debo admitir que los Senju son poderosos… Pero no debes confiarte ―decía nuevamente Madara, mirando fijamente a su oponente al tiempo que sostenía su abanico con su mano izquierda y sonreía con prepotencia―. Porque el poder del Sharingan… No tiene límites ―terminó diciendo en tanto que su ojo derecho empezaba a sangrar.
―No puede ser ―pensó Hashimara reaccionando con un salto hacia atrás.
―Amaterasu ―pronunció Madara con voz silenciosa, liberando las llamas sagradas.
El fuego negro se extendió frente a su creador y velozmente empezó a devorar la gigantesca muralla de arboles vivientes. Todo sucedió en un segundo fulminante; los arboles empezaron a consumirse mientras que el primer Hokage aún se encontraba en medio de su salto.
―¡Estilo Tierra: Gran Baluarte de Tierra! ―gritó Hashimara cuando caía alejándose de las ardientes llamas negras.
En tanto que los gigantes árboles vivientes se tornaban en cenizas al tacto de las llamas sagradas, las cuales liberaban simultáneamente al airado zorro, un portentoso y estremecedor sonido partía y elevaba la tierra del lugar en dos. El gran baluarte de tierra se había levantado como la más poderosa montaña, deteniendo el curso del voraz fuego negro; Hashimara había sido protegido por la distancia que les separaba, al ser elevado junto con la mitad del valle, mientras que el Amaterasu parecía rugir intentando carcomer la tierra y Madara gritaba con vehemencia al ver frustrado su más poderoso ataque.
―¡Hashimara! ―gritó el Uchiha palpando la desesperación, al tiempo que de su ojo dejaba de brotar sangre.
―Este es tu fin Madara… ―decía el Hokage desde lo alto―. Ni tú ni el zorro de nueve colas, podrán acercarse a Konoha ―con sudor en su frente y con la respiración agitada, el líder del clan Senju unió con rapidez sus manos, formando una nueva combinación de sellos―. Este será tu fin… ¡Estilo Agua: Cascada de la Muerte! ―con furia y poder, toneladas de agua se abalanzaron sobre Madara, sobre el rabioso Kyuubi y sobre las enormes llamas negras, viniendo desde el suelo que el Hokage pisaba, y arrasando con todo a su paso.
Al instante continuo Hashimara cayó arrodillado a causa del aparente desgaste de su chakra, y entre tanto que él buscaba un segundo para recuperar sus fuerzas, el agua seguía su curso, cayendo a través de la mortal catarata que se había formado.
Con lentitud el Hokage abrió sus ojos queriendo saber que le había sucedido a su oponente, pero no pudo encontrarlo, ni a él ni al Kyuubi, solo pudo observar al gigantesco rio que empezaba a crearse y a las prepotentes llamas del Amaterasu que seguían ardiendo en medio de las aguas, interponiéndose mas no deteniendo el curso de la cascada.
Hashimara saltó desde la cúspide de la catarata, cayendo algo cerca de las llamas sagradas, queriendo cerciorarse de la muerte de su enemigo; sus ojos se movieron por todo el lugar, mientras que sus pies le llevaban por en medio del rio, pero aun así no pudo encontrar rastro alguno. El rio ya se había extendido demasiado y el poder que el agua llevaba al efectuarse la técnica era demoledor, ni siquiera el Kyuubi pudo resistir su tremenda embestida.
―¿Así que este es tu fin, Madara? ―se preguntó el Hokage, recordando el respeto que sentía hacia su oponente.
―¿Eso crees? ―la voz de Madara se escuchó como un susurro entre los oídos de Hashimara, al tiempo que el portador del Mangekyou emergía de en medio de las aguas, empuñando la enorme espada que en el principio del duelo el Hokage había utilizado.
El filo del arma rozó el pecho de Hashimara a pesar de la rápida reacción de este y aunque la herida fue superficial pudo causarle un gran dolor.
―¿Pero cómo?… Es imposible ―dijo Hashimara pidiéndole una explicación a su enemigo, al tiempo que retrocedía con debilidad.
Luego de un suspiro que parecía devolverle todo su poder, Madara sonrió con demencia, saboreando el dolor que escarnecía a su oponente.
―Susanou, te debo la vida… Pero controlar al Kyuubi exige una gran cantidad de chakra, mas pude utilizarte el tiempo necesario, aunque solo fuese por unos efímeros segundos ―decía Madara como si hubiese enloquecido, en tanto que Hashimara le miraba perplejo.
―Este sí será tu fin Hashimara… Y luego de asesinarte, iré a Konoha y reduciré todo a cenizas ―decía el Uchiha empuñando con odio la espada, dando lentos pero decididos pasos, acercándose cada vez más al Hokage.
―Esto es peligroso… Deberíamos ayudarle ―decía uno de los miembros del enorme escuadrón ANBU, los cuales desde lo lejos, ocultos entre los árboles de los últimos bosques, observaban atónitos e impotentes el increíble duelo.
―No… Hokage-Sama fue muy claro ―contestó el líder del escuadrón―. Debemos esperar… Estoy seguro de que el Primero sabe lo que hace ―volvió a decir el ninja, creyendo que su gobernante obtendría la victoria.

Lentos segundos esclavizaron y detuvieron el tiempo en aquel momento, y en tanto que los dos guerreros cruzaban sus miradas en silencio, el rio seguía su curso, manteniendo sus violentas corrientes, siendo indiferente a todo lo que sucedía.
―Ambos hemos acabado con casi todo nuestro chakra… Pero aun así, sobresalgo como siempre ―dijo Madara tomando posición de batalla.
―Te equivocas… ―respondió Hashimara―. Aún puedo utilizar otra técnica ―agregó el Hokage, encendiendo la ira del Uchiha.
―¡Muere! ―Madara corrió para atravesar a su oponente con el filo de aquella espada.
―¡Estilo Agua: Dragón dios de agua! ―exclamó Hashimara al unir con velocidad sus manos, levantándose de en medio de las aguas a causa del terrorífico dragón que nacía a sus pies, formándose desde el interior del rio.
Aquel gigante dragón no permitió que el más lerdo segundo se desperdiciara y con la misma velocidad con que se levantó, se arrojó sobre Madara estrellándolo con mucha fuerza, estremeciendo todo el lugar.
Por un momento el Hokage no pudo distinguir lo que veía, la poca cantidad de chakra que le quedaba le estaba afectando y el brutal poder de su última técnica había distorsionado el ambiente con el rugir de las aguas chocantes. Al recuperar la claridad de su visión Hashimara volvió a buscar a su oponente, en su primer intento solo pudo ver la espada que este blandía, la cual estaba enterrada sobre la orilla del rio, luego al mirar hacia lo lejos, pudo observar como el cuerpo desvanecido de Madara era llevado a la perdición por las violentas corrientes.

―Tanto tiempo desde aquello… ―expresó Madara oculto bajo su disfraz y vestido como un Akatsuki, observando con detalle la majestuosa cascada―. ¿Verdad Hashimara? ―agregó al llevar su mirada sobre la estatua del primer Hokage, la cual había sido erguida junto con una que a él representaba, sobre la cual él mismo estaba sentado, quienes recordaban la gloriosa batalla, el poderoso duelo que dio origen al terrorífico y desolado valle del fin.

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