febrero 07, 2012

La Caída del Templo Jedi (Parte 2)


El templo Jedi se había convertido en un cuadro de vivo horror. No había un lugar donde no hubiese cadáveres y aun así la lucha continuaba. Los clones corrían de lado a lado buscando cualquier sobreviviente, en tanto que de forma progresiva decenas de Jedi aparecían en pequeños grupos, intentando enfrentar a los soldados, buscando una forma de escapar a la masacre.
Eran pocos maestros que se habían quedado en la capital para proteger al templo y aunque era absurdo negar que el edificio ya había caído, todos tenían muy claro que no iban a rendirse. La razón por la que habían permanecido en Coruscant era para acompañar a los Padawans, por esto luchaban con todas sus fuerzas, para protegerles y aunque querían salvar a todos los pequeños, el acérrimo asalto de los clones se los hacía imposible.
Un grupo de aquellos ocho Padawan se escabullía con cautela pero con rapidez hacia la ya destrozada biblioteca. De entre los escombros y los estantes destruidos un escuadrón de clones vio al pequeño grupo de Jedi que intentaba escapar. El mayor de los aprendices les percibió, sin embargo pensó que podrían dejarles atrás, no obstante uno de los clones les disparó con una ametralladora rotatoria obligándoles a detenerse y a ocultarse entre los muros y las columnas que aún quedaban en pie. Los pequeños tenían miedo de ser atrapados, de morir como sus compañeros y amigos, en tanto que el joven líder se preocupaba por lograr que sobrevivieran.
No había tiempo de pensar, ni de dudar, el escuadrón de clones que les detenía apenas estaba conformado por cinco soldados, si se apresuraban podrían derrotarles antes que más clones llegaran. Con seguridad el aprendiz corrió desde la columna donde se ocultaba y dejó a sus compañeros un instante, acercándose a los clones para eliminarles. Pero, al tiempo en que el Jedi corría y saltaba sobre los soldados, esquivando con velocidad sus disparos, desde el segundo nivel de la biblioteca cayeron dos misiles sobre el lugar donde estaban los demás Padawan. El chico no supo reaccionar, solo blandió su sable con desesperación abatiendo a los clones, quedando inmóvil luego, observando cómo los pedazos de muro caían y el polvo se revolcaba en el lugar exacto donde habían dejado a los aprendices tan solo por un instante.
Un sonido hidráulico acompañó al movimiento de la puerta al abrirse y el señor de los Sith Darth Vader apareció ante la cámara del alto consejo. No habría un lugar en el templo donde algún Jedi pudiera esconderse, ninguno podía ocultarse del asalto de los clones y menos de la aguda mirada del Lord Sith. Aquellos niños, los más pequeños de todo el templo, habían sido escondidos en la sala del consejo por decisión del maestro Drallig y a su búsqueda ya se apresuraban otros dos aprendices. Sin embargo ya era muy tarde para rescatarles, habían sido encontrados por el traidor que había sembrado la ruina para toda la orden.
Uno de los niños le reconoció, el pequeño en su ingenuidad le siguió viendo como el maestro Skywalker, aquel sobre quien había escuchado tantas veces y le habló, creyendo que había venido a rescatarles. Pero Vader no escuchó su voz, el lado oscuro le dominaba, controlaba sus sentidos, sus pensamientos, lo único que tenía claro en su mente era la destrucción total de los Jedi, no importaba su edad, no importaba nada. De esta forma e ignorando lo que el pequeño había dicho, encendió su sable de luz y les asesinó, haciendo que ya no hubiera oportunidad para su redención, no después de haber arrebatado todas esas inocentes vidas.
Desde todos los lugares cercanos de la capital, se veía con claridad como el templo ardía y como se consumía entre el vasto humo y las repentinas explosiones. Ninguno lo comprendía, ni aún los políticos, para todos era una sorpresa, una catástrofe y la noticia que se difundía hacía que todo fuera más confuso. ¿Los Jedi habían intentado derrocar la república? Pero nadie buscaba más allá de lo que se presenciaba y eran muy pocos los que no olvidaban, aún ante el desconcierto que se vivía, todo lo que los Jedi habían hecho por la galaxia.
En medio de las naves estacionadas y los cargamentos que se usaban para la guerra, en el inmenso hangar del templo, un joven Jedi se movía en silencio, escondido tras la carcasa de una de las naves de asedio, mirando con cautela como los clones tenían bloqueadas y aseguradas todas las salidas de las plataformas.
El Padawan todavía era de joven edad y justo como le había pasado a todos los aprendices, sentía miedo, además, todas las muertes que había alcanzado a presenciar le mantenían trastornado, pero se había separado de todos y ya había avanzado demasiado para retroceder, solo podía pensar en escapar, ya fuese en alguna de las naves o hasta lanzándose desde alguna de las entradas. Lo único que no quería era ser asesinado como muchos ya habían sido.
En aquel momento, cuando decidía cual opción tomar, vio como una pequeña nave se acercaba y como un grupo de los soldados se apresuraba a cerrarle el paso. El pequeño Jedi no podía esperar alguna otra oportunidad, debía correr y llegar a aquella nave, pasando por encima de los clones y de quien la estuviera piloteando, no importaba quien fuera, en ese instante solo le importaba escapar, sobrevivir.
Un hombre bajó de la nave y los clones le detuvieron, y al segundo contiguo el joven Padawan corrió hacia aquella parte de la plataforma. Muchos clones le vieron atravesar el hangar, pero iba tan rápido que no pudieron reaccionar. La fuerza estaba con él, le sentía y creía con confianza que podría escapar. Estando frente a los soldados, saltó, golpeando a uno al hacerlo, encendiendo su sable al mismo tiempo y frente a la perpleja mirada del hombre que había bajado de la nave, eliminó a los primeros clones con agilidad, dejando sus cuerpos en el suelo con las profundas heridas que les calcinaban. Pero antes que el joven pudiera notarlo, desde el interior del hangar otros clones le dispararon. El Padawan intentó detenerles, pero los disparos eran muchos y pereció entre los soldados que antes había matado.
Bene y Malreaux eran los dos aprendices que el maestro Drallig había enviado a reunir a los Padawans sobrevivientes, tal y como este le había dicho a la maestra Shaak Ti. Los dos jóvenes habían intentado reunir pequeños grupos de niños y los habían escondido en distintos lugares del templo, para que los clones no pudieran encontrarlos a todos. Sin embargo, ya había pasado mucho tiempo desde el inicio del ataque y el propio templo mostraba a grandes voces no poder resistir más.
Bene quien era de mayor edad, sabía con dolor que era inútil pretender rescatar a todos los Padawan, los que aún no habían muerto y aunque el templo era un edificio inmenso, era toda una legión de clones la que seguía las ordenes de Vader. Con un poco de impotencia, los dos acordaron rescatar entonces a los aprendices más pequeños y sin perder tiempo corrieron por los pasillos destrozados, acercándose al lugar donde les habían ocultado.
Pero antes de poder avanzar lo suficiente, tuvieron que detenerse, quedando atónitos al ver como Vader venía desde la sala del consejo. Malreaux se descontroló tan solo al contemplar la idea de que todos los niños hubiesen sido asesinados y activó su sable sintiendo ira, queriendo abalanzarse sobre aquel traidor y homicida. Bene quiso detener a su compañero, aunque sentía indignación y sufrimiento, pero si bien lo intentó Malreaux no se dejó convencer y antes que él corriera para enfrentarse al Sith, ella encendió también su arma y le siguió sin dudarlo.
Los dos aprendices lucharon contra el antes conocido maestro Jedi, pero sus rangos eran muy distantes, al igual que sus habilidades y aunque los dos se esforzaban por detener la masacre y redimir las muertes de todos los Padawan, sus ataques eran inútiles, eran demasiado débiles. Vader solo detenía sus ataques, como jugando con ellos e incluso sujetó a Bene de su mano diestra, al tiempo que con su sable detenía los movimientos de Malreaux. Pero no había tiempo para juegos en medio de la venganza de los Sith y Vader lo comprendía muy bien, por lo que soltó a la chica haciéndola retroceder y sujetado su sable con ambas manos, rasgó el pecho del joven con violencia, para luego atravesarla a ella mientras aún retrocedía.
Los ha matado ―dijo Serra Keto abriendo sus ojos, estando sentada en el suelo de una de las recámaras de meditación junto a su maestro, en la parte más alta del templo.
Lo sé… También lo he sentido ―respondió Cin Drallig manteniendo sus párpados cerrados. 
Debemos detenerle ―aseguró Serra levantándose con prisa.
Aún no ―contestó tajante el maestro Drallig, siguiendo en su estado de meditación.
―¡Pero ha matado a todos en el templo!… No podemos solo esperar a que nos encuentre ―debatía Serra, pero Drallig no le contestaba.
Maestro… Debo detenerle ―volvió a decir su aprendiz y salió de la recámara, sin que su maestro dijera palabra alguna.
La hoja azul se mantenía encendida, palpando el polvo que se escurría entre todos los escombros. Darth Vader caminaba por el templo con algo de tranquilidad. La masacre estaba terminando, casi todos los Jedi ya habían sido asesinados.
El sonido de dos sables oscilando se propagaba con eco por todo el templo, mientras que el señor Sith se acercaba poco a poco, percibiendo sobre sí un gran deseo de venganza, un deseo que le provocaba. Tres cuerpos cayeron y dos cabezas rodaron y Vader se detuvo al observar como Serra Keto eliminaba sin dificultad a tres clones.
Serra Keto… ¿Dónde está Cin Drallig? ―preguntó Vader luego de que las cabezas dejaran de rodar.
Skywalker… Ya no mataras a más Jedi ―contestó Serra con seriedad.
La joven Jedi corrió y atacó a Vader con sus dos sables. Ella era más hábil que todos los Padawan que antes habían muerto, incluso ya era considera una entre los caballeros Jedi, sin embargo ante lo que ocurría nada del pasado importaba, solo importaba lo que pudiese demostrar al enfrentarse al Sith, solo valía que pudiese derrotarlo.
Ambos luchaban con destreza, moviendo sus cuerpos y sus sables con habilidad, aunque Serra parecía más veloz y sobresalía ante Vader saltando y atacándole también en el aire. Pero a pesar de ello el Sith no retrocedía ni se inmutaba, al contrario, luchaba de forma más acérrima para derrotar con rapidez a su oponente.
El duelo había iniciado en una sala de hologramas y al instante se había expandido a otro de los numerables pasillos, no había lugar que les contuviera ni que les estorbara, los dos peleaban solo para obtener la victoria, en tanto que sus sables zumbaban creando eco, rasgando todo lo que se les interpusiera.
En medio de su meditación, el maestro Drallig se vio interrumpido por un mal presentimiento. Había sentido el momento en que su aprendiz había corrido para atacar a Vader, pero ahora se sentía inseguro de que ella pudiera sobrevivir a ello y el dolor que le causaba pensar en su muerte le impedía concentrarse. El Jedi anciano se levantó sabiendo que debía haber esperado un poco más en la fuerza, pero el cariño que le tenía a su aprendiz era grande y no pudo evitar querer ayudarla.
Serra blandía sus dos sables verdes con determinación y en sus pensamientos creía con seguridad que iba a ganar, pero Vader tenía todo el lado oscuro de su lado y ella había desistido de esperar a que la fuerza le llenara, por lo que desde el punto de vista de la fuerza, el duelo ya estaba decidido.
La Jedi seguía con sus ataques y con sus rápidos movimientos, pero el Sith poco a poco empezaba a ganar terreno y de un instante a otro pudo hacerla retroceder. Llegando al final del pasillo, el cual terminaba en un espacio de adorno que le comunicaba con el nivel que estaba por debajo, Darth Vader decidió dejar de atacar a su oponente con su sable y usó el poder de la fuerza, lanzándola hacia un lado, estrellándola contra unas inmensas columnas. Serra se resintió por el golpe, pero antes de caer al suelo maniobró en el aire y saltó por el espacio que había, buscando caer en el nivel inferior.
En un segundo fugaz, mientras ella aún atravesaba el espacio que comunicaba ambos niveles, el Sith le lanzó las enormes columnas y le aplastó contra el mismo suelo donde ella pretendía caer.
Serra… ―dijo con tristeza Cin Drallig, llegando demasiado tarde.
Maestro Drallig… ¿Ha venido a morir junto a su aprendiz? ―le preguntó Vader, saltando a donde estaban el Jedi y el cadáver de Serra.
Ya no podrás arrepentirte por todo lo que has hecho… Skywalker ―respondió el Jedi dejando atrás su serenidad, encendiendo al tiempo su sable.
El maestro Jedi llegó frente al Sith con increíble velocidad y le atacó con fortaleza. Vader apenas pudo detener los primeros ataques y retrocedió sorprendido, pero el maestro Drallig no pretendía darle tregua y al ver que sus ataques fallaron, usó el poder de la fuerza y lanzó al Sith contra un enorme ventanal, sacándolo fuera del templo, hacia los pasillos exteriores.
Vader cayó con brusquedad, pero tuvo que rodar hacia un lado de inmediato, librándose del sable de Drallig que se enterraba en el suelo. Desde aquella parte externa y gracias a que la lluvia ya había acabado, se podía notar sin problema como el zigurat había cedido por completo, como el humo y el fuego ya le habían doblegado. Desde allí se podía entender que la masacre había terminado y que el templo había caído, y esto alcanzaba a afectar al Jedi.
Los sables volvieron a cruzarse, una y otra vez se enfrentaron, mientras que los dos hombres se movían por todo el corredor. El fin se acercaba, Vader solo sentía ira y odio, mientras que el Jedi sentía dolor y preocupación, porque para él era más importante el futuro de la orden, que el resultado de su duelo.
De entre todos los movimientos y todos los ataques, el maestro Jedi volvió a usar el poder de la fuerza y empujó al Sith arrojándolo a lo lejos, pero Vader esperaba algo como eso y al sentir el impacto en su cuerpo, lanzó su sable de luz haciéndolo girar en el aire. La hoja azul alcanzó a rozar el abdomen del Jedi y cayó luego hacia el otro extremo del pasillo. El Jedi miró con sorpresa la herida en su cuerpo y se desplomó al instante, en tanto que Vader se levantaba victorioso, atrayendo su sable hasta su mano.
El maestro Cin Drallig había muerto, justo como casi todos los Jedi que esa noche habían estado en el templo, como casi todos los Jedi que luchaban en todos los rincones de la galaxia y la venganza de los Sith no hacía más que iniciar. 

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