marzo 30, 2012

El Rostro de los Sueños


En algún momento, en medio de la tranquilidad de la noche y luego de cerrar mis ojos, desperté dejando a un lado la realidad, sintiendo que las cosas habían dejado de existir. Caminaba sin darme cuenta, marcando en silencio mis huellas en la nada, escuchando un delicado susurro cerca a mis oídos, palpándole con delicadeza por medio de mí mirada.
Me vi frente a una senda que parecía no tener fin y que atravesaba un extenso bosque. En el cielo la luna se notaba gigante y majestuosa, con miles de estrellas que le adornaban, mientras que las nubes celosas por su belleza, huían de su presencia y bajaban a los suelos, quedando sobre el camino que de forma inconsciente atravesaba, convirtiéndose en una densa niebla que cubría todo a su paso.
No sé cuánto tiempo caminé, no parecía que los minutos transcurrieran, parecía que no avanzaba, aunque cada cosa que contemplaba era diferente, cada árbol y cada estrella en el firmamento, todas las cosas se diferenciaban. En el interior del bosque se producían incontables de sonidos, pero de forma extraña todos eran deleitantes, todos me llenaban de serenidad y hacían desvanecer mis temores. Pequeñas risas inocentes y diferentes voces, todas me daban ánimo, me pedían seguir caminando y aunque no podía observarles, sabía que estaban ahí y que eran criaturas de gran hermosura.
Un destello de luz me dejó ciego por un instante y al recuperar lo que mi visión captaba, entendí que las cosas que se sostenían antes a mí alrededor habían desaparecido.
Ahora frente a mí se explayaba un enorme y profundo lago, sin color, sin aparentar profundidad. Sus aguas eran tan trasparentes que observaba sin dificultad la inmensa cantidad de peces que en su interior se encontraban. Decenas de colores desfilaban en medio del agua: rojos, verdes, dorados, plateados y quién sabe cuántos más. Ellos sabían que les miraba y nadaban con gracia e inocencia, como queriendo que entrara en el lago. A parte de eso, el cielo era totalmente diferente, ya no había luna, no sabía si era día o noche. Portentosas nubes chocaban entre sí y llenaban de sombra todo el lugar. El firmamento espacioso y luminoso había sido abrumado por su oscuridad, en tanto que sonidos estruendosos salían de sus bocas. Era la primera vez que escuchaba sus voces, me llamaban, claramente les escuchaba, se peleaban por acercarse, corrían con tanta velocidad pero no se separaban, como si les fuese imposible, como si su esencia estuviera enlazada.
Al segundo contiguo, una lluvia torrencial cayó sobre todo, las aguas del lago se estremecieron y sus peces huyeron del lugar, escondiéndose en lo recóndito y misterioso. Todas las cosas parecían derretirse con cada gota que caía. Poco a poco las nubes fueron desapareciendo, como si nada de su presencia hubiese querido ser recordada. El cielo entonces se tornó negro, ya no había luna, ni estrellas, ya no había luz y a mis ojos no se les era permitido distinguir lo que veían.
El miedo se apoderó de mi corazón, era como si no existiera. Por alguna extraña razón ahora me sentía inseguro y solitario, mi cuerpo temblaba, no era capaz de moverme y mi voz había sido arrancada de mi garganta.  
―Esto no es real… ―dije en mi mente, al tiempo que trataba de recordar lo que antes había visto.
El largo camino, el vasto bosque, las voces inocentes. Fue inútil intentarlo, mis recuerdos se habían transformado, lo que veía no era lo que había vivido, el camino era escabroso, los arboles del bosque estaban secos y muertos, la niebla era fría y tenebrosa, además, no se escuchaban voces, solo sonidos aterradores.
―¡No puede ser!  ―gritó mi alma, porque mi voz había muerto.
Así desperté de mis recuerdos estando aún de pies frente al inmenso y oscuro lago, el cual lánguidamente empezaba a moverse. Impotente, vi como las aguas se levantaban y me abrazaban, inundándome, arrastrándome hasta lo más profundo, tornando su anémico movimiento a una vehemente embestida. Sentí como la muerte me acompañaba, no podía respirar y todo empezaba a desaparecer.
Desperté de inmediato, con la respiración agitada y sudor en la frente, mi corazón parecía querer huir y sus latidos eran incontables. Sin embargo, algo era diferente, no estaba en mi habitación, el lugar donde me encontraba era desconocido.
Me levanté teniendo puesta mi ropa favorita: un viejo overol y una camiseta gris. Abrí la puerta del cuarto observando un corto pasillo, en tanto que todo estaba en silencio, como si nadie viviera en esa vieja casa. Caminé a través del corredor, viendo diversos marcos en blanco colgados en las paredes, contemplando antiguos sillones y empolvadas porcelanas. Unas largas escaleras me llevaron al primer piso de la casa, donde una delicada risa me acercó hasta la puerta. Un denso frío entraba desde afuera, la puerta principal estaba abierta de par en par y en medio de ella una niña estaba sentada dándome la espalda. Afuera estaba amaneciendo, las nubes formaban un arco por donde el sol saldría y su propia luz les bañaba de un hermoso matiz rojo. La brisa de la mañana movía el verde pasto y a lo lejos los arboles se gozaban con el nuevo momento de vida.
―¿Por qué no has despertado? ―me preguntó la niña con voz ingenua.
No le veía el rostro, solo escuchaba su voz y observaba su largo y negro cabello, el cual cubría su espalda llegando incluso al suelo.
―¿Quién eres? ―pregunté confundido y su respuesta fue otra de sus inquietantes sonrisas.
―Yo soy tu… ―me dijo―. Soy lo que vive, lo que está en medio de tus pensamientos y tus sentimientos…  Soy a lo que le temes. ―No le entendí palabra alguna y eso me empezó a molestar.
―¿Dónde estoy? ―pregunté sin dejar pasar un momento.
―Estas donde quieres estar ―contestó rápidamente.
Intenté acercarme para verle el rostro, pero no podía moverme, como antes frente al oscuro lago.
―Te diré algo. Los sueños y las pesadillas son como una moneda… La cara que caiga, depende de lo que sientes ―de nuevo yo temblaba y mi pecho volvía a estremecerse.
―¡No entiendo! ―grité desesperado, sintiéndome débil al hacerlo.
―Es fácil… El rostro de tus sueños, depende de lo que tu corazón haya experimentado. Tú vives en medio de anhelos, solitario, lleno de tristeza y odio, por eso tus sueños cambian de rostro a cada instante. ―pronunció la niña y se levantó empezando a caminar, alejándose de mí.
Todo volvía a repetirse, mientras que ella desaparecía en medio de una niebla que corría y nacía desde la tierra, la casa se hacía diferente y el día se convertía en noche. Aquella niebla se acercó a mis pies y trepó sobre mí, atrapándome, envolviéndome en medio del frío y la nada. Volvía a sentir que perdía el aliento, junto con la voz, junto con la vida.
Por un tiempo me sentí perdido, mis ojos estaban cerrados, estaba durmiendo. Quise despertar y escuché a una larga distancia los gritos del viento, miré mi cuerpo ligeramente y me vi en mi cama.
―Era solo un sueño… O tal vez una pesadilla ―pensé en voz alta e intenté levantarme.
Me senté por un segundo ignorando lo que me rodeaba, no podía evitar recordar lo que había soñado y las dudas hablaban a mi conciencia, dándome intranquilidad, queriendo saber su significado. De repente volví a escuchar una pequeña risa y miré a un lado. En ese momento lo entendí, estaba sentado en mi cama pero no estaba en mi habitación. El interminable camino se dibujaba nuevamente frente a mí y el profundo bosque empezaba a nacer a sus lados.
Me levanté y solo pude dar unos pasos.
―¿Por qué no has despertado?
Escuché en mi interior y quedé inmóvil, sin poder entenderlo.

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