septiembre 12, 2013

Eco en el Silencio


La realidad se escapaba del momento, recordando con espanto como el día había sido subyugado por la delirante oscuridad. La brisa se tornaba helada y descendía del vacío firmamento, estrellándose y perdiéndose en la siniestra noche, camuflándose en su espeso negro, esparciéndose sobre todas las cosas.
Un delicado susurro acarició mis oídos y me obligó a abrir los ojos, un murmullo que nacía del vasto e imponente silencio que se había apoderado de mi habitación. Durante un diminuto segundo y desde mi cama, contemplé las siluetas que afuera de mi cuarto se formaban, las cuales bailaban al tacto de la insensible brisa, danzando con un tono lento y apesadumbrado, moviéndose de forma enigmática y espeluznante. Pero antes que aquel diminuto segundo se esfumara en el recuerdo, un grito asfixiante y desgarrador irrumpió hasta lo más profundo de mi mente, trastornando por completo mi ser, estremeciendo por completo la noche y enmudeciendo luego sin explicación. No hubo lógica para lo que había sucedido y mientras mi rostro se bañaba en sudor y mi alma era oprimida por el miedo, afuera la brisa se tornaba vehemente y peligrosa, azotando con violencia los arboles, destruyendo su anterior armonía.
Desde lo lejos un sonido vino a mí, unos pasos que se acercaban con lentitud pero al tiempo con osadía. Alguien caminaba desde algún lugar lejano, sabiendo que yo estaba escuchándole, sintiendo el miedo que desde adentro me devoraba. Con dificultad moví mi cuerpo para mirar hacia la puerta, con duda porque el temor causado por aquel grito misterioso aún se aferraba a mi espíritu. Dos o tres segundos transcurrieron y los pasos cesaron, luego el silencio volvió a gobernar, hasta que de forma brusca la puerta de mi cuarto fue abierta, saliendo disparada contra la pared como si la hubiesen golpeado con fuerza, aunque nadie había aparecido frente a mis ojos. El frío de la noche se adentró como la niebla se adentra entre los bosques y congeló todo lo que me rodeaba, congeló mi respiración y los latidos de mi corazón, congeló mi mirada e incluso mis pensamientos y aunque parecía que en ese momento hubiese muerto, aun estaba vivo, solo había sido poseído, dominado por un miedo aun más aterrador.
Suspiré al pensar que todo había terminado. Tras que una eternidad pasara y todo siguiera inerte, respiré al sentir la calma en mi alma, al sentir la seguridad y la serenidad que volvían en medio del silencio. De repente un teléfono sonó, un timbre que venía y volvía a alejarse, un chillido que me atormentaba martillando con desenfreno mis tímpanos. Cansado de la situación me levanté y caminé fuera de mi cuarto, saliendo al pasillo que llevaba hasta la puerta principal, la cual antecedía a la sala, el lugar desde donde provenía el irritante sonido. Al detenerme mirando hacia el pasillo, el teléfono calló, su timbre dejó de sonar, aunque de forma extraña sentía que la llamada aun continuaba, pero su sonido no podía escucharse, como si hubiese sido cercenado.
Una punzada hirió mi pecho y revivió el miedo que antes me oprimía, luego, un grito aún más espantoso y deprimente se abalanzó sobre mí viniendo desde la calle. Una exclamación que llevaba muerte y sufrimiento entre su esencia, pasando de forma grotesca sobre toda la casa, estrellándose contra mi cuerpo como un poderoso huracán.
―Es una pesadilla ―pensé sin poder pronunciarlo.
Es una pesadilla ―se escuchó un eco que se multiplicó por todos lados y en tonos diferentes.
Aquel el grito una vez más moría, como aprisionado y ejecutado por el denso silencio que volvía de forma incomprensible desde la nada, propagando los rastros de mi voz, aunque mi garganta no hubiese sido capaz de producirla, aunque ni mis labios se hubiesen movido.
Al instante en que el último eco desapareció, fui inundando por una perversa desesperación, una angustia que hacía que mi espíritu agonizara, una preocupación inexplicable que me instaba a salir corriendo. No pude resistir más de un minuto y corrí sin saber por qué corría. Atravesé el pasillo mirando los demás cuartos abiertos y desocupados, llegué a la sala para observar el teléfono descolgado y entender que me encontraba solo en la casa, aunque antes de acostarme había sido diferente.
Abrí la puerta que daba a la calle, sintiendo todavía en mí ser la angustia producida por aquella desconocida preocupación y caminé lento, porque mi cuerpo ahora se sentía cansado, como si alguna enfermedad le hubiese abatido, como si estuviera exhausto luego de un esfuerzo descomunal. Salí a la calle respirando con dificultad, apreciando el desierto panorama, sintiendo solo la brisa helada, la cual se escabullía como huyendo de mi presencia. Miré hacía al cielo y divisé la luna, la cual brillaba en un color amarillo virulento, mostrándome una apariencia decaída y sufriente. Aún mientras miraba hacia la luna, el miedo volvió a esclavizarme y sentí un escalofrío en mi espalda, comprendiendo que alguien desde atrás me miraba.
―¡No es una pesadilla! ―Gritaron con voz bárbara y atroz.
Giré mi cuerpo, temblando y de forma rápida, viendo impotente como el negro lúgubre de la noche se enterraba en mis ojos.
Desperté estando como al principio de la pesadilla, acostado y mirando desde mi cama las siluetas que afuera los arboles creaban. Desperté sudando y sintiendo el tacto de la muerte, experimentando la agonía de un miedo insoportable. 
―¡No es una pesadilla! 
Gritaron a mi oído de la misma forma, con aquella voz monstruosa y horripilante, congelando por completo mi cuerpo, dejándome inútil, pudiendo solo mirar hacia lo lejos, contemplando como la luna amarilla se escondía tras una espesa nube. 

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