noviembre 29, 2013

Recuerdo de un Recuerdo


Volvía a llover, una infinidad de gotas embestían la existencia, le agredían con violencia, con demencia, levantando un sonido grotesco que desfragmentaba el silencio que antes ahondaba en mi mente. No recordaba si odiaba la lluvia o si al contrario le amaba, tampoco recordaba si prefería el día o le rechazaba escogiendo la noche; aquella donde el frío subyugaba la oscuridad y reinaba mezclándose y extendiéndose con la niebla. 
No recordaba, solo estaba allí, inmóvil entre el profundo verde, entre arbustos y maleza, en medio de un número de inmensos arboles que jamás podría contar. Mi memoria no funcionaba, pero mis sentimientos sí lo hacían, estaban en mí, lacerándome el alma, pretendiendo destrozar el débil hilo de cordura que hasta el momento me mantenía. Sentía tristeza, aunque no sabía el porqué, sentía amargura, rabia, dolor, pero también había olvidado la razón. Mi cabeza y mi espíritu estaban separados; en mi pecho me hería una fuerte agonía y una decena de emociones luchaban asesinándose unas con otras, reviviendo y muriendo tantas veces que era un fastidio, pero en mi mente no había vida, no había presencia de ideas o pensamientos, solo había silencio, quietud, solo estaba yo, envuelto en un vació espeso y nauseabundo.
―¿Quién eres? ―me preguntó una voz que irrumpió prepotente en mis cavilaciones.
―¿Quién eres? ―hubo un eco en mi vacía cabeza.
―¿Qué? ―me vi forzado a hablar. No recordaba desde cuando no lo hacía.
Moví mi rostro y vi una figura que se acercaba, sacudiendo con suavidad algunas hojas, interponiéndose entre varias gotas y el suelo que ansioso les esperaba.
―¿Quién eres?
Era una persona, parecía de la edad que yo era. Era un joven que me preguntaba, tal vez confundido, tal vez enojado.
―¿Quién eres? ―imité su pregunta.
―Yo soy el dueño de este bosque ―me dijo sin siquiera pensarlo.
―¿Eres un espíritu o un demonio? ―dije intrigado.
―¿Qué? ¡No! ―exclamó y vi que sí estaba enojado―. Este bosque es parte de la propiedad de mi casa.
Le miré desconcertado en tanto que él señalaba con su mano izquierda hacia un lado, indicándome la dirección por donde se había acercado.
―¿Eres real entonces? ―le pregunté de nuevo, esta vez siendo sincero.
―¿Cómo?
―¿Yo soy real? ―pregunté de inmediato.
Él bajó su brazo y me observó con detalle por un par de segundos.
―No.
―Entiendo ―acepté, buscándole un sentido a todo.
―Ven, vamos a mi casa ―tomó una de mis manos y me llevó en medio de la lluvia.
Caminamos, despacio, como tratando de no romper el equilibrio de nuestro entorno, pisando ramas cercenadas y charcos de turbio lodo. Avanzamos en una misma dirección por unos cortos minutos hasta divisar una casa, una enorme casa que con cada paso se hacía más grande.
Yo no me atrevía a hablar, ni siquiera era capaz de mirar hacia atrás, hacia ese laberinto de arboles colosales, aquel sitio donde por tan eterno tiempo había estado. Tampoco deseaba pensar, pero eso ya me era ineludible, aunque me parecía increíble, después de todo era algo que había olvidado, que había muerto y no había dejado aparente rastro. Desde el momento en que aquel joven me sacó de mi estado de languidez, mi mente se había ido reconstruyendo, con miedo y debilidad, pero sin detenerse, formándose con cada paso, con cada mirada, con cada vez que respiraba.
Pensaba en mí, en mi existencia, en quien había sido y por supuesto en que era ahora. Pensaba intentando recordar, pero solo veía lluvia, oscuridad, sombras y formas verdes, y un silencio que me engullía de forma repetida, dejándome vacío como si mi existencia nunca hubiese sido realidad.
―¿No sabes que eres? ―me preguntó tras llegar al cercado de su supuesta casa.
―No sé que tu eres ―le dije ofendido.
―Yo soy un escritor ―explicó adentrándose en la verja―. He venido a vivir a este lugar apartado y callado para buscar inspiración… El bullicio de la ciudad me parece enfermizo.
Le miré incrédulo mientras hablaba, nada de lo que decía tenía sentido.
―Mira hacia allá ―se detuvo ante unas cortas escaleras externas que llegaban hasta un segundo nivel―. ¡Mira! ―me señalaba hacia otro lado, donde había una especie de sala descubierta.
―¿Qué debo mirar? ―me acerqué.
―Ese anciano que está allá leyendo.
―¿Qué pasa con él?
―Él es lo mismo que tú eres.
―¿Cómo? ―me sentía más confundido.
―Él antes vivía en esta casa, antes que yo la comprara y después supe que había muerto y empecé a verle aquí, siempre leyendo.
―¿Es un fantasma? ¿Soy un fantasma?
―¿Qué? ―esta vez él me miró incrédulo―. Los fantasmas no existen, yo no creo en eso…  Aquellos que mueren dejan de estar en esta realidad, dejan de ser.
―¿Entonces? ―di unos pasos, pensando en que solo se estaba burlando.
―Solo es un recuerdo…
Miré al anciano con detalle, parecía distante, muy distante.
―Eso es lo que tú también eres.
―¿Un recuerdo?
―El rastro de lo que una vez fueron tus pensamientos.
El joven subió las escaleras, sin darse prisa, mirándome en tanto que subía cada escalón.
―¿Y tu como puedes vernos? ―reaccioné y giré para verle.
―No lo sé, es como una especie de don.
Me apresuré a seguirle hasta el segundo piso, entrando en una elegante biblioteca.
―Hace unas semanas supe de un joven que se había perdido en el bosque, aunque no tengo idea de cómo ni porqué ―decía observando los libros de un estante―. Pero lo que sí me aseguraron era que no había regresado, que seguramente había muerto, desapareciendo en esa infinita y verde prisión.
―¿Ese joven era yo?
―Así que decidí ir a buscarte, quería ver si de ti también había quedado algún recuerdo.
Tomó uno de los libros y volvió a bajar las escaleras. Quise seguirle para preguntarle más, para poder entender, sin embargo cuando di los primeros pasos un ruido llamo mi atención. La puerta del interior se abrió y varios hombres entraron; parecían trabajadores.
―Tengan cuidado con todos estos libros, por favor ―dijo una mujer, que también entró―. Eran muy importantes para mi hermano.
Allí, tan solo al verle y escucharle, frente a mis ojos sobresalió un retrato que solitario se posaba sobre una de las pocas mesas de la biblioteca. Era una fotografía de la mujer que había hablado, abrazándose con un hombre, un hombre adulto, más adulto que ella, pero que sin duda era aquel joven que me había traído hasta este lugar.
Entendí entonces que aquel anciano y yo no éramos los únicos recuerdos que vagábamos en esa casa, y acepté al tiempo, la nueva realidad que me condenaba.

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